viernes, 6 de julio de 2012

¿Entre Miguel Gutiérrez e Iván Thays? (Al respecto de ciertos prejuicios en la escena literaria peruana)


Por Julio Meza Díaz

En los últimos años la escena literaria peruana pareciera atravesada por numerosos prejuicios que, luego de caer sobre un autor, han impedido no solo el disfrute de su obra, sino también el análisis y difusión. Si la labor de la crítica consiste en la formulación y reformulación del canon, también debe detenerse en los sucesos extraliterarios que han confundido a algunos lectores. En el presente artículo se analiza el estigma que se cierne sobre Miguel Gutiérrez y su producción literaria, se recoge las declaraciones de Iván Thays y otros escritores, y se propone dejar atrás la agresividad que circunda nuestras letras.     

Miguel Gutiérrez: la violencia, el tiempo, los cambios
Existe un grupo de escritores que se ha dedicado a silenciar la obra de Miguel Gutiérrez. Le señalan una y otra vez el vínculo que tuvo con causas nefastas de nuestro pasado político reciente. El problema está en que han ignorado los cambios de Gutiérrez y han fomentando así el malentendido.
En nuestra opinión Gutiérrez cometió un error al elogiar a Abimael Guzmán en su ensayo La generación del 50: un mundo dividido.[1] Sin embargo, no podemos negar que, con el tiempo, Gutiérrez ha optado por revisar su mirada política y estética, aunque sin abandonar “su ley social”.[2] En el prólogo a la segunda edición de su ensayo declara que este es, “sin duda, un libro controversial, de escritura vehemente, algunos de cuyos planteamientos de tipo político han sido desmentidos de manera implacable por la realidad”.[3] Además, acusa a Guzmán de haber desarrollado “una política autoritaria, hostil (casi de desprecio) a los intelectuales, línea política que se resumía en una cita de Engels, sacada por lo demás fuera de contexto, según la cual "los intelectuales conformaban un montón colosal de basura"”.[4] Y añade también:

“Hay, por supuesto, muchas otras críticas que se deberían hacer, pero yo terminaré refiriéndome a la caída de Abimael Guzmán, pues era una figura que por el papel que desempeñó dentro y fuera del Partido ya no se pertenecía a sí mismo sino a la causa popular que, creo entender, debe estar por encima de jefes y líderes. Sé que se han dado diversas razones para explicar y justificar la forma en que cayó el líder de SL, entre éstas la que más trascendió al público general sostiene que Guzmán decidió preservar su vida para evitar la descomposición o desaparición del Partido, pero este razonamiento se basa, como dije líneas arriba, en una concepción errada, ya que implica una suerte de consubstanciación casi mística entre Guzmán y el Partido. Recuerdo que mientras veía por la televisión las incidencias de la caída del "Presidente Gonzalo", acudieron en tropel a mi mente sucesos, escenas e imágenes sobre el altísimo costo que significó para el pueblo peruano y los propios combatientes el desarrollo de la guerra. Entonces recordé la primera visita que hice a un familiar en El Frontón. A la entrada del pabellón de los prisioneros de guerra había un enorme cartel, en el que se leía esta cita de Mao: "Quien se atreva a ser cortado en mil pedazos podrá desmontar al emperador", y como lo fui sabiendo, no se trataba de una frase retórica o demagógica, pues no pocos militantes murieron de esa manera, literalmente, pero ahora el "Presidente Gonzalo", según veo por televisión las incidencias de su apresamiento, ha olvidado la vieja sentencia maoísta”.[5]

No compartimos la perspectiva a partir de la cual Miguel Gutiérrez observa la realidad. Pero en una democracia lo peligroso es que todos piensen del mismo modo. La generación del 50: un mundo dividido fue escrito desde una visión parcial[6] (lo que es válido para cualquier texto) y su autor ha enriquecido con el tiempo las herramientas que emplea para su análisis, tal como se puede apreciar en las citas anteriores. En este sentido subscribimos las palabras del crítico Javier Ágreda al respecto de las partes más cuestionadas del ensayo de Gutiérrez: “Hoy cuesta entender sus fuertes cuestionamientos a Quijano y su entusiasmo ante la inteligencia, voluntad y "coherencia" de Guzmán. A pesar de los problemas que estas páginas le han originado, Gutiérrez ha preferido mantenerlas en esta nueva edición (salvo un par de adjetivos, nos dice en el prólogo), lo que es una muestra de su honestidad intelectual y respeto a un texto que representa, más que nada, un testimonio del tipo de debates y posturas de nuestros intelectuales frente a una de las peores crisis vividas en la historia del Perú”.[7]
En el terreno político, entonces, carece de exactitud imputarle a Miguel Gutiérrez, de forma velada o explícita, vínculos con Abimael Guzmán. No se debe olvidar que la realidad siempre es más compleja que las etiquetas reduccionistas, las cuales también pueden recaer sobre una producción literaria.
A mediados de la década del 90 Gutiérrez publicó Celebración de la novela,[8] libro que circula entre el ensayo, la autobiografía, la ficción y el elogio. Gutiérrez reflexiona sobre los clásicos del XIX, el Ulises de Joyce y la obra de Beckett, cuenta sus experiencias durante la escritura de La violencia del tiempo[9] y se somete a una auto-entrevista. La pasión por la novela es la línea que cohesiona al texto.
En Celebración de la novela Gutiérrez va más allá de los esquemas aplicados en La generación del 50: un mundo dividido. Exhibe desconfianza en el realismo socialista, pues concluye que este tipo de ficción “no era realismo sino idealismo, en la medida en que presenta a los sujetos, los acontecimientos y las cosas no como son sino como debieran ser. Se trata, pues, de una estética del “deber ser” y supeditada a criterios morales y de utilidad revolucionaria de la obra artística”.[10] A esto Gutiérrez le suma una apuesta por la novela como ámbito de libertad:

“La novela no sólo es incompatible con el socialismo, sino que surgió como oposición y resistencia a los valores degradados del capitalismo. En realidad, la novela (y ahora más que nunca) surgió como defensa del yo, del individuo, de la autonomía de la persona contra todos los poderes que quisieron o aún quieren someterlo o aniquilarlo. No es lo mismo individuo que individualismo. Julián Sorel, por ejemplo, quiere afirmarse como individuo mediante el amor dentro de una sociedad regida por leyes que se lo impiden. Esta lucha por afirmarse le costará la vida”.[11]

Y concluye:

“Por eso creo, como dije en otra ocasión, cada vez más que la novela debe “convertirse en reducto, en un espacio de resistencia a la crueldad, la locura y la estupidez humana”, sea cual sea el sistema social en que se manifiesten. Si se es fiel a estos principios, a este espíritu, la novela puede tener muchas posibilidades de desarrollo, tanto con la invención de historias, como con las búsquedas de estilos sustentadas en la ligazón con la vida, como también mediante la exploración y descubrimiento de territorios de la realidad, de la mente y de las formas, ya que, específicamente, y esto también ya lo he dicho, en el caso de la novela peruana considero que hay temas y variedades novelísticas aún insuficientemente explorados”.[12]

Así, como sucede con su enfoque político, no es exacto calificar de maniquea la poética de Gutiérrez. Hacerlo implica no haber leído su obra con el debido cuidado. Aunque sus preocupaciones sociales siguen intactas, en el ejercicio de la escritura novelística ha tomado el camino de la desideologización, optando por la variedad temática y formal, cosa que se puede apreciar en sus libros posteriores a La violencia del tiempo, como en Babel, el paraíso,[13] en el que no existen referentes geográficos o en Poderes secretos,[14] que linda entre el ensayo y la ficción.

“Letrifundio”
Este neologismo, que resulta de la unión de las palabras “letras” y “latifundio”, es empleado en el libro Poesía en rock[15] para describir cómo algunos escritores se vinculaban con el ambiente literario de Lima hasta hace pocos años.
Escrito a cuatro manos, por Yrigoyen y Carlos Torres Rotondo, Poesía en rock narra la historia de los grupos poéticos peruanos que aparecieron entre 1966 y 1991. Como una suerte de larga entrevista, se les cede la voz a algunos miembros de Estación reunida, Hora Zero, La sagrada familia y Kloaka. Yrigoyen y Torres Rotondo limitan su presencia a los pies de página y escriben los textos de prólogo y colofón. En el primero señalan que el encuentro entre Martín Adán y Ginsberg significó una inflexión en la poesía de nuestro país, la cual dejaría atrás sus referentes españoles y peruanos de la primera mitad del siglo XX para profundizar en la oralidad de los anglosajones. En la nota final hacen un recuento de lo sucedido desde inicios de los 90 hasta las postrimerías del 2000. Estas son las páginas que dan cuenta de aquellos escritores para los cuales, durante más de una década, “el espacio literario era su chacra, o mejor aún, su letrifundio”.[16]

“Durante el fujimorato un círculo de escritores, vinculados a las multinacionales, con amplios poderes mediáticos y unidos por cierta visión conservadora de la sociedad, ejerció un dominio público incontestable, opacando a los demás bandos por medio de una selectiva segregación basada en el más descarado amiguismo y en la extracción de clase. La izquierda maoísta, representada por los viejos escritores del grupo Narración, regresó con obras mayores pero fue incapaz de cualquier internacionalización. Esta situación dio como resultado que se formara un bando de izquierda alternativa, no partidarizada y de discurso más bien progresista, cuyo poder se basa en sólidas y eficientes conexiones al medio académico americano. El inevitable enfrentamiento entre la derecha mediática y la izquierda académica ocurriría a mediados de la presente década a través de diversas escaramuzas en la prensa escrita, en las cuales el macartismo, el clasismo y hasta el racismo se hicieron presentes, explícita y solapadamente; la literatura peruana ofreció de esta manera uno de los espectáculos más repugnantes que podamos encontrar en sus registros”.[17]

Mientras se revisa los ejemplares de la revista Somos y el suplemento El Dominical, ambos del diario El Comercio, se comprueba que la literatura peruana viva parecía estar encarnada en menos de diez narradores y poetas, los cuales, de cuando en cuando, sometían a sus otros colegas a la invisibilización y, en algunas circunstancias, el agravio implícito. Estos escritores se ensañaron principalmente contra Miguel Gutiérrez.
Aquí un ejemplo.
El año 2001, el Fondo de Cultura Económica publicó El mundo sin Xóchilt[18] de Miguel Gutiérrez. En sus casi 600 páginas, esta novela narra la historia de amor de los hermanos gemelos Wenceslao y Xóchilt. En El Dominical la reseñaron.  
En una columna de no más de 300 palabras, Víctor Coral, luego de una descripción, señaló: “Un detalle. Fastidia la presencia en la novela de algunos errores gramaticales concernientes a la coordinación de tiempos verbales. Los casos más flagrantes son los que consignan los segundos párrafos de las páginas 166 y 184”.[19]
Dos semanas después Miguel Gutiérrez responde con una carta dirigida al director de El Dominical, Alonso Cueto: “Amigo Cueto: En la página 3 de la edición del 14 de octubre de El Dominical se publica una reseña sobre mi novela El Mundo sin Xóchitl con el título “La destrucción o el amor””.[20] Gutiérrez se refiere al detalle indicado por Coral y agrega: “Dado el tono general de la nota y por el prestigio de que goza El Comercio, estas temerarias aseveraciones prevalecerán en la memoria del lector cada vez que se aluda a mi novela”.[21] Luego explica las razones por las cuales no existen los errores que ha acusado Coral, y sostiene: “La perfidia y la fatuidad de que hacen gala ciertos críticos y reseñadores antes que irritarme me divierte, mas si a esto se suma la perniciosa ignorancia que tanto puede afectar al lector, entonces ya no puedo permanecer indiferente. Por eso me he visto obligado a emprender la desagradable tarea de escribir esta carta”.[22]
Alonso Cueto guarda silencio y Coral termina el intercambio con un descargo: “Tanto el señalar los errores como el elogiar la novela en su conjunto, fueron hechos con la sinceridad y el respeto que faltan en su carta al referirse a una supuesta perfidia, fatuidad e ignorancia. La crítica habla de problemas de coordinación de tiempos verbales, no de problemas con el número (singular y plural)”.[23]
No es inadecuado indicar las erratas de un libro. Sin embargo, en lo tocante a la novela de Gutiérrez, confluyen tres elementos que tornan el comentario de Coral en significativo.
1. En una novela de casi 600 páginas como El mundo sin Xóchilt es comprensible que haya algunas erratas, porque muchas veces, pese a la voluntad del autor, estas se filtran y terminan en la impresión final. Se puede poner como ejemplo el mismo texto que se ha citado de Víctor Coral. Es una columna de solo 300 palabras; sin embargo, cuando trata de resumir la novela de Gutiérrez, Coral escribe: “El contrapun0to entre el gran fresco sobre la sociedad piurana de la época y la historia secreta, en cierto modo esotérica, del amor entre dos hermanos púberes, es llevado con pericia y naturalidad a lo largo de toda la obra”.[24] Según la Real Academia Española (RAE), “contrapun0to” es una palabra que no existe. Al parecer Víctor Coral quiso escribir “contrapunto” y no “contrapun0to”.
2. Si bien Marco Aurelio Denegri es un crítico que, desde hace décadas, ha venido realizando comentarios pormenorizados a la corrección de la gramática y el léxico de los libros de ficción; en El Dominical no ha habido esta costumbre entre lo reseñadores que publicaban a inicios del 2000. Mencionaremos dos ejemplos, ambos escritos por Diego Otero. En la edición del 27 de mayo de 2001 Otero comenta la primera novela de Gustavo Rodríguez, La furia de Aquiles.[25] Dice sobre ella: “Una prosa ligera e hipnotizante, que asimila las lecciones de concisión y rusticidad de Carver y compañía, pero que, al mismo tiempo, y quizás paradójicamente, no deja de alimentarse de la efímera voluptuosidad de nuestras calles: el chiste instantáneo, el juego de palabras, el doble sentido. Un libro recomendable: verdadera y sencilla diversión”.[26] Dejando a un lado el hecho de si se está de acuerdo o no con la apreciación de Otero, lo que sorprende es que, en ningún momento, se hace mención a las erratas de la obra de Rodríguez. Otro caso es el de la novela Shiki Nagaoka: una nariz de ficción,[27] de Mario Bellatin. La novela no pasa de 100 páginas; sin embargo, en el texto final, que no pertenece a Bellatin, sino a Rynosuke Akutagawa, las erratas son abundantes. Quizás esto no se le pueda responsabilizar a Bellatin, sino más bien a la editorial. No obstante, Otero no lo menciona.[28]
3. En El dominical de inicios de la década del 2000, Víctor Coral no volvió a hacer un comentario semejante al dedicado a El mundo sin Xóchilt.

Vanidad de vanidades
Iván Thays es un escritor que ha acumulado, como pocos, una enorme cantidad de declaraciones y artículos que dan seña del derrotero que ha seguido su visión de la literatura, su proyecto estético y la estima que guarda hacia su propia obra. Thays forma parte de los escritores del “letrifundio” y es quien más juicios ha emitido sobre Miguel Gutiérrez.
En su artículo de fines del 90, La edad de la inocencia: acerca de la narrativa peruana última,[29] Thays reclama para sí ser leído “ateniéndose en primer término a lo literario y estético”,[30] pues sostiene:

“Cuando el talento literario disminuye, empieza a hablarse del talento filosófico o de ideas. Cuando también éste escasea, empieza a hablarse del talento sociológico: es la escalera de descenso en literatura. Nadie se atrevería a hablar de las ideas o la filosofía que hay detrás de Stendhal, Flaubert, Tolstoi, Faulkner, Joyce, Nabokov, García Márquez, Onetti. En ellos sólo interesa la literatura, el relato, la historia, los personajes, la latencia de la prosa. En cambio, se habla de lo filosófico, de la inteligencia, de las grandes ideas representadas en las obras de Eco, Kundera, Sartre. Escritores menores, sin duda. Para terminar, cuando ni las ideas salvan al autor, empieza a hablarse de los aspectos sociológicos”.[31]

La de Thays es una postura a favor de lo literario. Es decir, de la literatura como un mundo interior independiente de cualquier contexto sociocultural. Empero, en el mismo artículo en el que expone esta idea, califica a otros autores bajo criterios extraliterarios (por ejemplo, por su potencial mercantil, su pertenencia social o su convicción ideológica). Cuando se refiere a la que para muchos fue la mejor novela peruana de los 90,[32] País de Jauja,[33] de Edgardo Rivera Martínez, señala: “la atención puesta a Rivera Martínez merece que su obra pruebe su talento en terrenos menos dóciles, como el mercado internacional del libro”.[34] Cuando menciona a Grecia Cáceres, escribe que en su novela, La espera posible,[35] “demuestra un gran aliento para contar una historia provinciana casi espectral, que ocurre en Huaraz”.[36] Y cuando se dedica a Miguel Gutiérrez, subraya su postura política:

“También tenemos a Miguel Gutiérrez. Después de haber sostenido, con frases sociologizantes y politiqueras en un desafortunado libro de ensayos La generación del `50: un mundo dividido, que sólo los escritores que estaban a favor de un cambio radical y mostraban coherencia entre el “ser” y el “pensar” podían ser bien considerados literariamente (e incluso de destacar a Abimael Guzmán como una inteligencia superior dentro de esa generación, además de paradigma de esa coherencia buscada), se dedicó a cumplir con su saldo literario.”

Quizás este sea el fragmento más analizable. Thays quiere ser leído solo de forma literaria y evita las lecturas desde otras ópticas. Sin embargo, para calificar a Gutiérrez y su obra, echa mano de elementos sociológicos y políticos. Esta fórmula la ha repetido a lo largo de los años, al parecer sin percatase de la fractura lógica.
En el artículo Un artefacto literario anacrónico,[37] dedicado a Gutiérrez, con motivo de la segunda edición de La generación del 50: un mundo dividido, Thays apunta: “Estos ensayos, que se inscriben en la doctrina marxista, están escritos, según propia confesión, por alguien que piensa que el mundo está dividido entre aquellos que defienden un viejo régimen burgués y aquellos que ven en “la lucha popular” (en el libro varias veces se alude a Sendero Luminoso y a Abimael Guzmán como paradigmas de esa lucha) la posibilidad de establecer un nuevo orden”.[38] Podría pensarse que Thays emplea una conjugación verbal en presente histórico. Sin embargo no es así y Thays juzga de nuevo a Gutiérrez por su pasado político (o lo subraya como una idea fuerza). Se debe recordar que este artículo fue publicado el 2008; es decir, doce años después de que Gutiérrez sacara a la luz Celebración de la novela, libro en el cual, como ya se ha descrito, el mismo Gutiérrez amplía su visión de la literatura, desideologizándola. Thays lo pasa por alto y menciona sobre la obra de Gutiérrez: “No todas las novelas son parte de un “mundo dividido” entre buenos y malos, o habría que decir específicamente entre el Bien y el Mal, como está dividido eclesiásticamente el mundo narrativo del propio Miguel Gutiérrez”.[39]
Al parecer Thays no se ha detenido en el prólogo a la segunda edición de La generación del 50: un mundo dividido. Como se ha subrayado líneas arriba, en dicho prólogo Gutiérrez no solo critica a Abimael Guzmán, sino también declara que su ensayo es, “sin duda, un libro controversial, de escritura vehemente, algunos de cuyos planteamientos de tipo político han sido desmentidos de manera implacable por la realidad”.[40] Es decir, tanto en términos políticos como literarios, el Miguel Gutiérrez de 1988 es muy diferente al de 2008. Sin embargo, Thays le pide coherencia:

“Si es cierto que “el ser determina la conciencia”, como dicta el marxismo, abruma ver hoy a Miguel Gutiérrez, el otrora luchador contra el “antiguo orden”, figurando en la página de sociales de El Comercio, acariciado por los críticos que él llamó “carlistas”, alabado en todas las páginas culturales que él calificó de “mafiosas”, y hasta publicado con gran felicidad suya por una editorial transnacional que él calificó siempre de “enemigas de clase” e imperialista; abruma en particular el contenido ideológico o las alabanzas a un grupo de asesinos que se escudaron bajo una supuesta “guerra popular” y que hacen de este libro un artefacto literario anacrónico”.[41]

Que Thays declare “abrumarse” porque Gutiérrez publica en la editorial Alfaguara o porque su obra es objeto de diversos estudios académicos, es semejante a “abrumarse” porque Mario Vargas Llosa en la década del 60 colaboró con el Frente de Liberación Nacional de Argelia (FLN), apoyó abiertamente a la Revolución Cubana y firmó un manifiesto de respaldo a la lucha armada en el Perú del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).
Para nosotros ninguna de las circunstancias anteriores debería sesgar la lectura y el disfrute de la obra de Mario Vargas Llosa y Miguel Gutiérrez. Definitivamente no compartimos sus opiniones (pasadas o actuales) sobre diversos temas, pero esto no nos empuja a relegarlos en términos literarios.
Ahora bien, es un hecho singular pedir coherencia cuando uno mismo no puede demostrarla. Thays transcurrió las décadas del 90 y 2000 reafirmando una postura literaria únicamente estética, la cual estaba basada en lo que, a su criterio, era la “autenticidad” del individuo:

“La literatura de cualquiera no es sino el producto individual, personal e intransferible de ese autor. Más allá de compartir rasgos de edad, país, sexo, religión, cultura, etc. con otros autores, lo importante es qué hay en ese individuo de interesante. La literatura peruana es una suma de individualidades que si es importante es sólo porque algunos autores lo son… Dicho de otro modo, la literatura auténtica no es apátrida ni cosmopolita sino individual, un mapamundi reconstruido por nuestros gustos, nuestras ideas, nuestras afinidades, nuestras almas gemelas, nuestros maestros que son como un sello de agua, un archivo de huellas digitales, algo personal que nos hace siempre diferentes a los demás, diferencia que es la única razón por la cual vale la pena escribir”.[42]

Es curiosa la creencia de Thays, sobre todo porque deja de lado la esencia dialógica de la literatura y, como señalara el filósofo Charles Taylor, de la vida misma. “Nos convertimos en agentes humanos plenos, capaces de comprendernos a nosotros mismos y por ello de definir una identidad, por medio de nuestra adquisición de ricos lenguajes de expresión humana”,[43] dice Taylor. “Se espera que desarrollemos en una medida considerable nuestra propias opiniones, puntos de vista y actitudes hacia las cosas mediante la reflexión solitaria. Pero no es así como funcionan las cosas en el caso de las cuestiones importantes, como la definición de nuestra identidad. Ésta queda definida siempre en diálogo y a veces en lucha, con las identidades que nuestros otros significativos quieren reconocer en nosotros”.[44]
Thays complementó su idea de “autenticidad” distanciándose de todo aquello que fuera un acto colectivo o implicara una reflexión social. Así, en una entrevista del año 2001, para la Revista Domingo del diario La República, ante la pregunta sobre cómo vio las movilizaciones de los jóvenes contra Fujimori y Montesinos, Thays responde: Estuvieron bien.

“No eran tu opción.
No. Ni hablar ni escribir artículos sobre eso.
¿Por qué?
Porque como ciudadano no tengo mucho que decir. Mi opción es votar y expresar así lo que pienso. Y enojarme con lo que pasa, no sé.
¿Pero por qué dejarles a otros la pelea contra la corrupción, la inmoralidad?
Porque cada uno tiene su opción. No es que yo haya dicho “déjenselos a otros”. Me parece bien que ellos lo hagan y también me parece bien si no lo hicieron. Para mí la palabra clave es individuo. El individuo decide con su conciencia qué es lo que tiene que hacer. Y yo decidí no participar”.[45]

Solo un año antes, para el mismo medio, Thays había explicado su formación académica:

“Yo no soy un intelectual. No investigo ni estudio antes de escribir. Se me paran los pelos ante este asunto. Un escritor debe tener una gran dosis de sabiduría para hallar en la metáfora una verdad y, de paso, contar con una gran cuota de ignorancia. Por eso, jamás me verán diciendo frases como las que pronuncia mi admirado Vargas Llosa”.[46]

Estas declaraciones han cumplido más de una década, y Thays ahora, en los últimos meses, se ha tornado en un escritor que, si bien no tiene una filiación política partidaria, ha empezado a preocuparse por cuestiones sociales. En su blog del diario El País, de España, ha criticado uno de las tantos textos economicistas del abogado Alfredo Bullard, quien es la cabeza visible del Análisis Económico del Derecho en nuestro país;[47] ha defendido a César Vallejo del ataque acometido por un neoliberal como Diego de la Torre y ha cargado contra del pragmatismo de la Marca Perú;[48] y, según sus propias palabras, ha sido capaz de poner “patas arriba el discurso hegemónico en torno a la cocina”,[49] entre otros temas.
Thays ha explicitado su cambio en una entrevista reciente para el diario Perú 21.

“Cuando escribí La disciplina de la vanidad tenía 30 años y me encantaba la metaliteratura, estaba obsesionado con los temas sobre escritores, pero luego la vida me mostró que lo metaliterario no era lo que yo había venido a escribir a este mundo. Estuvo bien cuando era joven, pero luego tuve ganas de escribir algo que portara un mensaje o que dijera algo sobre las cosas que pasan, pero no con un compromiso ideológico”.[50]

No cabe la menor duda de que otras son en la actualidad las preocupaciones de Iván Thays, a quien no se le debe juzgar por su cambio de perspectiva (ni por los contenidos de sus últimos textos). Reclamarle coherencia sería tan inapropiado como reclamarle a Miguel Gutiérrez, por ejemplo, el hecho de haber sido publicado por el Congreso del Perú o en la editorial Punto de Lectura. Y este reclamo sería doblemente inapropiado si analizamos nuestro contexto. En el Perú son poquísimas las verdaderas editoriales, publicar mediante una “editorial independiente” es costoso[51] y el libro digital aún no goza de popularidad; de modo que Miguel Gutiérrez tomaría una decisión desafortunada si dejara pasar oportunidades tan escasas.
La atención de Thays hacia Gutiérrez, sin embargo, tiene al parecer otros matices. En la entrevista para el diario Perú 21 Thays declara: “Yo soy totalmente honesto, si Un lugar llamado Oreja de Perro no hubiera sido escrito por mí sino por Miguel Gutiérrez, ahorita la gente estaría diciendo que esa es la gran novela del siglo XX”.[52] No se explica el porqué de la alusión a Gutiérrez, pues el periodista en ningún momento se refiere a él. Empero, Thays lo vuelve a mencionar: “Yo no soy un escritor vitalista, que escribe sobre  microbuseros. Mis mujeres son seres imposibles, hay un lirismo en sus vidas que no puede haber en las novelas de un escritor como Miguel Gutiérrez”.[53] Y continúa: “Lo que creo es que el escritor no puede hacer marketing de sí mismo, o sea, eso me parece desagradable, incómodo, que un escritor se marquetee a sí mismo y hable de sí mismo”.
¿A qué se debe esta actitud? Al parecer Thays le reclama a Gutiérrez bienes simbólicos. Cree que Gutiérrez está ocupando su lugar, que le ha quitado el entusiasmo de los críticos y la atención de las editoriales peruanas. Quizás para Thays lo mejor no sería que Gutiérrez muriera, sino que desapareciera del todo, como si él y su obra nunca hubieran existido.
Otra explicación para esta actitud, que puede complementarse con la anterior, quizás se encuentra en el prólogo a la segunda edición del libro de relatos de Thays, Las fotografías de Frances Farmer.[54]

“Cuando en 1992 salió publicado el libro en la editorial Pedernal, muchos vieron en él sólo unos relatos de “lenguaje”, sin argumento, unidos a experiencias tan estrambóticas para mí, y pasadas de moda en el mundo intelectual, como las del Tel-Qel o las del nouveau roman de Nathalie Sarraute… Para muchas personas, yo “escribía” bien, aunque no tenía la menor idea de lo que era un cuento, y hasta algún miembro de Narración me aconsejó un día, con la mejor disposición y buena voluntad del mundo, por cierto, que aprovechara que aún era joven, que olvidara que ese libro existía y que “cambiara de estética”.[55]
   
El grupo literario Narración tuvo entre sus integrantes más significativos a los escritores Oswaldo Reynoso y, coincidentemente, Miguel Gutiérrez.

A modo de conclusión
Los sucesos enumerados no deben fijar nuestra reflexión en un único individuo, sino dilatarla hasta abarcar la integridad del contexto. El proceder de Iván Thays con Gutiérrez ha sido el de cada uno de los miembros del “letrifundio”, quienes, dejando a un lado lo meramente literario, han agredido a diversos autores ajenos a su círculo. Varias son las causas de este hecho. Entre otras, la que sigue: durante las décadas del 70 y 80, el grupo Narración también juzgaba con modos semejantes a los que hemos detallado en este artículo. En cierta medida, el accionar del “letrifundio” ha sido una revancha contra lo realizado por Narración, y los de estos por lo que hicieron sus predecesores, y así podríamos recorrer buena parte del devenir de la literatura peruana.  
De otro lado, los dislates no son propiedad exclusiva de unos cuantos. Cualquier prosista o poeta puede resbalar en ellos. En una entrevista para el suplemento Variedades del diario El peruano Ricardo Sumalavia declara que ha leído a “muchos autores de otros países de América Latina antes que las novedades peruanas”.[56] Sin embargo, luego no solo compara nuestra literatura última con la de otros espacios (“la prosa y también la historia, claro, de un joven mexicano o argentino, por lo general, son más osadas que la de un peruano),[57] sino incluso la juzga (“en conjunto veo poco interés por explorar las posibilidades de la lengua y cómo éstas podrían aportar mucho más a sus universos narrativos”).[58] ¿Cómo se puede realizar la comparación y la crítica de algo que no se conoce? Ricardo Sumalavia tendría que explicarnos su método de análisis. 
Más atendibles son las palabras de Elton Honores o Mario Bellatin. Honores pide una apertura del mundo académico peruano, porque “si bien es importante y significativo que se mantengan los estudios sobre la narrativa andina… sería necesario ampliar el espectro de ficciones, registros y representaciones e imaginarios sobre nuestra realidad. En ese espectro caben tanto las ficciones andinas como las fantásticas, el género policial, la ciencia ficción, o incluso, el horror”.[59] Bellatin, a su vez, declara: “esperaba que, con la llegada de una nueva generación, las cosas cambiaran. Pero no. Se mantienen los mismos contenidos literarios y lo que hay alrededor de la literatura: la forma de hacer los libros y los odios espantosos gracias a blogs con un increíble grado de violencia”.[60]    
En Honores y Bellatin podemos encontrar, desde la crítica y la creación, el modo adecuado de problematizar y superar lo trazado por el canon oficial. No confunden sus pasiones personales con el aprecio estético hacia lo producido por los otros. Postulan sus opciones literarias sin confundir el diálogo con la agresión. Mientras no aprendamos de sus ejemplos, seguiremos creyendo que la literatura peruana es tal como la describió Iván Thays a fines de los 90; es decir, una literatura “más dada a la envidia, los rencores y las mezquindades cuando no al mandarinazgo o a la dictadura ética, social o política de algunos autores”.[61]





[1] GUTIÉRREZ, Miguel. La generación del 50: un mundo dividido. Lima: Arteida, 2008, 335 p. Primera edición: 1988.  
[2] Revista Domingo del Diario La República, Lima, enero, 2000, Nº 85, pp. 29 y 30.
[3] GUTIÉRREZ, Miguel. Op. Cit. p. 24.
[4] Ibídem. p. 21.
[5] Ibídem. pp. 22 y 23.
[6] Ver la entrevista realizada por Lucho Zúñiga a Gutiérrez: http://www.youtube.com/watch?v=BdL5o4SA-xE
[8] GUTIÉRREZ, Miguel. Celebración de la novela. Lima: Peisa, 1996. 258 p.
[9] GUTIÉRREZ, Miguel. La violencia del tiempo. Lima: Punto de lectura, 2010, 1044 p. Primera edición: 1991.
[10] Op. Cit. p. 14.
[11] Ibídem. p. 231.
[12] Ibídem. p. 232.
[13] GUTIÉRREZ, Miguel. Lima: Jaime Campodónico, 1995, 93 p.
[14] GUTIÉRREZ, Miguel. Lima: Colmillo Blanco, 1993, 224 p.
[15] YRIGOYEN, José Carlos y TORRES ROTONDO, Carlos. Poesía en rock. Una historia oral. Perú 1966-1991. Lima: Ediciones Altazor, 2010, 326 p.
[16] Ibídem. p. 250.
[17] Ibídem, pp. 248 y 249.
[18] GUTIÉRREZ, Miguel. El mundo sin Xóchilt. Lima: Fondo de cultura económica, 2001, 585 p.
[19] CORAL, Víctor. La destrucción o el amor. En: El Dominical de El comercio, 14 de Octubre, 2001, p. 3.
[20] GUTIÉRREZ, Miguel. Carta de Miguel Gutiérrez. En: El Dominical de El comercio, 28 de Octubre, 2001. p. 3
[21] Ibídem.
[22] Ibídem.
[23] Ibídem.
[24] CORAL, Víctor. Op. Cit.
[25] RODRÍGUEZ, Gustavo. La furia de Aquiles. Lima: Alfaguara, 2001. 335 p.
[26] OTERO, Diego. Retrato de un don nadie adolescente. En: El Dominical de El comercio, 27 de mayo, 2001, p. 3.
[27] BELLATIN, Mario. Shiki Nagaoka: una nariz de ficción. Lima: Fondo Editorial PUCP, 2002, 92 p.
[28] OTERO, Diego. Documento de irrealidad. En: El Dominical de El comercio, 24 de noviembre, 2002, p. 7.
[29] THAYS, Iván. La edad de la inocencia: acerca de la narrativa peruana última. En: Vórtice. Lima, 1999, Nº 5, pp. 43-54.
[30] Ibídem. p. 50.
[31] Ibídem. p. 51.
[33] RIVERA MARTÍNEZ, Edgardo. Lima: La voz, 1993, 515 p.
[34] Op. Cit. p.46.
[35] CÁCERES, Grecia. Lima: El santo oficio, 1998, 210 p.
[36] THAYS, Iván. Op. Cit. p. 50.
[37] THAYS, Iván. Un artefacto literario anacrónico. En: El Dominical de El Comercio, 3 de agosto de 2008, pp. 4 y 5. 
[38] Ibídem. p. 4.
[39] Ibídem. p. 5.
[40] GUTIÉRREZ, Miguel. La generación del 50: un mundo dividido. Lima: Arteida, 2008, p. 24.
[41] Op. Cit. p. 5.
[42] THAYS, Iván. La edad de la inocencia: acerca de la narrativa peruana última. En: Vórtice. Lima, 1999, Nº 5, pp. 53 y 54.
[43] CHARLES, TAYLOR, La ética de la autenticidad, España, Paidós, 1994. p. 68.
[44] Ibídem. p. 69
[45] MIRANDA, Óscar. Entrevista a Iván Thays. En: Revista Domingo de La República, 14 de enero de 2001, p. 40.
[46] GONZÁLEZ, Rosa. Secretos de autor. En: Revista Domingo de La República, 2 de julio de 2000, p. 26.
[50] CABRERA JUNCO, Jaime. Iván Thays: “No soy un escritor vitalista que escribe sobre microbuseros”. En: http://blogs.peru21.pe/leeporgusto/2012/01/ivan-thays-no-soy-un-escritor.html
[51] Ver nuestro texto: ¿Entre acostarme con Bayly o matar a mi vieja? En: http://quizaestoyequivocado.blogspot.com/2011/08/por-julio-meza-diaz-no-se-si-lo-que.html
[52] Op. Cit.
[53] Ibídem.
[54] THAYS, Iván. Las fotografías de Frances Farmer. Lima: Adobe editores, 2000, 127 p. En el mismo libro se indica que el prólogo fue escrito en marzo de 1997 y para la segunda edición.
[55] Ibídem. pp. 16 y 17.
[56] DONAYRE, José. “Mi lengua literaria es el español”. Ricardo Sumalavia en la dimensión de la memoria y la recreación. En: Revista Variedades del diario oficial El Peruano, 23 de abril de 2012, p. 6. 
[57] Ibídem.
[58] Ibídem.
[59] HONORES, Elton. Ortodoxos y heterodoxos: hacia un panorama de la narrativa fantástica peruana contemporánea (1980-2010) desde el sistema literario. En: Lo fantástico en Hispanoamérica. Elton Honores (Coordinador). Lima: Cuerpo de la metáfora editores, 2011, pp. 28 y 29.
[60] PLANAS, Enrique. Las advertencias del poeta ciego. Entrevista a Mario Bellatin. En: Luces de El comercio, 22 de junio de 2012.
[61] THAYS, Iván. La edad de la inocencia: acerca de la narrativa peruana última. En: Vórtice. Lima, 1999, Nº 5, p. 43.

miércoles, 4 de abril de 2012

Al respecto del Informe del Rectorado de la PUCP sobre las conversaciones con el Arzobispado de Lima


Apelando a mi formación jurídica (la cual no es muy confiable, puesto que pasé mis años en la facultad de Derecho leyendo novelas y poemarios), he analizado rápidamente algunos puntos del Informe del Rectorado de la PUCP sobre las conversaciones con el arzobispado de Lima.[1]
Primero, debo señalar que la versión en scribd del documento ha sido compartida por la FEPUC (Federación de estudiantes de la Universidad Católica) y en dicha versión falta una página. Sin embargo, este hecho no anula ni resta ningún valor a la lectura que realizo sobre los siguientes puntos.

Artículo 2.1.b. "El Gran Canciller y los cinco obispos que participan en la Asamblea... emitirán una opinión que contiene una valoración de los candidatos (a rector y vicerrectores)".
¿Cuál es la funcionalidad de este punto? Es decir, no es necesario subrayar que el Gran Canciller y los cinco obispos pueden dar una opinión; puesto que, en término legales, cualquier ser humano podría opinar valorativamente sobre los candidatos a rector o vicerrectores. Creo que este punto, sin embargo, no ha sido colocado allí de modo gratuito. Al parecer, se está dando la oportunidad de que, en el futuro, se interprete esta opinión como vinculante (es decir, con un peso decisivo sobre la elección en juego).

Artículo 2.2. La Comisión económica especial estará conformada por tres miembros. Uno será elegido por el Rector; otro por el Gran Canciller; y el tercero por la Conferencia Episcopal. Esta comisión tomará decisiones sobre una serie de temas económicos. Lamentablemente, no se detalla si se requiere de mayoría absoluta para que la votación de estos miembros se haga efectiva. Es decir, al no señalarse la necesidad de una mayoría absoluta, solo se requerirá de una mayoría, lo que significa que, de estar de acuerdo dos miembros de la comisión, esta podrá decidir sobre los bienes económicos que dispone. Y ojo, entre sus derechos está "autorizar la enajenación" (es decir, la venta, por ejemplo) de los inmuebles de la universidad.
Aquí el problema es el siguiente: la iglesia (representada por El Gran Canciller y el Episcopado) tendrán una enorme fuerza de decisión en temas económicos.

Artículo 2.3. Se señala que la Congregación para la Educación Católica tendrá que ser comunicada cuando se varíe el estatuto, se "afecten los derechos de la iglesia en la universidad" o se busquen “modificar de alguna forma la relación iglesia-universidad y/o la identidad católica y su compromiso con el respeto a los principios que iluminan su misión". ¿Alguno de ustedes ha revisado la página web de dicha Congregación?[2] Pues les diré que no se caracteriza por ser muy progresista. Y en esas manos estamos entregando la libertad de cátedra, pues ¿qué deberemos entender como "una modificación" en el vínculo iglesia-universidad? ¿Cuáles deberemos considerar que son “los principios” que guían a la iglesia? Tal vez uno de los principios sea la defensa de la vida. Entonces, ¿se podrá realizar una investigación a favor del aborto? No creo.

Artículo 2.6.6. Este punto es claramente peligroso. Dice: "Se establece el derecho de los estudiantes a recibir una educación cristiana". Esto quiere decir, de acuerdo a cualquier forma de interpretación, que los catedráticos tendrán el deber de darles una educación cristiana a los estudiantes. Es decir, si en el artículo 2.3 ya se ponía en juego la libertad de cátedra; en este artículo el terror muestra su verdadero rostro.

En fin, además de los expuestos, son varios los puntos que han sido escritos en términos demasiado ambiguos. Lamento concluir diciendo que muchos de ellos posibilitarán interpretaciones retorcidas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El amor de un dinosaurio

Cuando estaba en la oficina, el Contador era un individuo sin luz propia. Su trabajo, el mismo desde hacía un lustro, lo encadenaba al escritorio durante sesenta o más horas a la semana. El trajín era repetitivo, como el de una máquina incapaz de desgastarse. En la primera etapa del día revisaba las cuentas (manipulaba el debe y el haber como fichas de un rompecabezas) hasta que, cuando ya bostezaba, ponía su firma en los libros contables y los cerraba de un golpe. Mientras tomaba su refrigerio, que consistía casi siempre en una hamburguesa y una gaseosa oscura, conversaba con sus compañeros sobre nimiedades (aventuras de fin de semana, partidos de fútbol y asuntos profesionales). Por supuesto, nadie hablaba sobre temas agudos. Se temía ser visto como un alborotador. En la tarde, luego de trazar escritos y enviar el despacho, se reunía con su jefe para comentarle sus avances.
–¿Cómo está, señor? Aquí le traigo mis archivos.
–De mí no te preocupes, carajo. Deja esas huevadas en la mesa. Y regresa tu culo a su silla.
Al final de la jornada, el Contador le echaba llave a sus cajones y se despedía de sus compañeros con un apretón de manos. Era el momento en que comenzaba a iluminarse su vida. Dentro del ascensor sentía un alborozo que se originaba en sus entrañas y se reflejaba en su rostro con una enorme sonrisa. Era como si, después de años de lucha, se hubiera liberado de unos fuertes grilletes. En la cochera se quitaba el saco, encendía la radio a todo volumen y arrancaba el auto con apuro. A diferencia de sus colegas, el Contador no se dirigía a casa, ni a una reunión con amigos, ni mucho menos al gimnasio. Desajustándose la corbata, emprendía un breve viaje hacia el mar.
Luego de recorrer varias avenidas, bajo un cielo que anunciaba el ocaso con heridas naranjas y grises, tomaba la carretera hacia el sur de la ciudad. En el kilómetro ciento veinte, en medio de un desierto ondulante, ingresaba a un pequeño balneario que parecía la manifestación concreta de la nostalgia. Con lentitud, iba por las calles pavimentadas de arena y cruzaba la plaza principal, en la que una iglesia en ruinas acompañaba al municipio y otras edificaciones carcomidas por la brisa. Rodeado de niños que jugueteaban, se detenía por algunos minutos en el malecón y contemplaba los postes oxidados. Desde pequeño había imaginado que eran ancianos raquíticos que, debido a un hechizo misterioso, se habían momificado justo cuando doblaban las espaldas. También apreciaba las casas de revoques carcomidos, jardines secos, pero balcones con celosías intactas. “¡Qué chismosos somos!”, pensaba. Finalmente, seguía a las gaviotas que tomaban vuelos sinuosos para, de un momento a otro, hundirse en el agua y pescar. “¡Eso es libertad!”, se decía, y se imaginaba como un ave planeadora que soltaba, sin mayor importancia, una caquita sobre la cabeza de su jefe. El Contador suspiraba conmovido y bajaba a la playa.
Estacionado sobre la arena, con el viento empujando los techos de paja de las sombrillas, el Contador abría la maletera y sacaba un disfraz de dinosaurio de espuma de vidrio (para ser preciso, de Tyrannosaurus rex teñido con diversas variaciones del color violeta). Ante los ojos sorprendidos de algunos bañistas, se lo ponía lentamente y, dentro de esa piel grotesca, se dirigía a un espigón. Mientras silbaba un tema melancólico, avanzaba calculando cada uno de sus pasos, como si realizara una ceremonia sagrada. Y, cuando llegaba a la punta, en donde reventaban las olas con furia y se originaba una minúscula lluvia salada, se sentaba sobre una roca y observaba cómo se hundía el sol en el océano.

***

Una mañana, cuando se relajaba en su departamento, el Contador fue dominado por un impulso. Su cuerpo le exigió salir a la calle, pero no vestido del modo tradicional, sino disfrazado de dinosaurio. Pese a que intentó contenerse, la fuerza que nacía de su médula lo sometió. Minutos después, se vio a sí mismo bajando por las escaleras con su extraño ropaje. El portero se sorprendió. Sin embargo, como tenía ordenado no molestar a ningún propietario, se quedó en silencio como una roca. “Total”, reflexionó, “cada loco baila con su pañuelo”.
En el cuerpo del dinosaurio, el Contador recorrió varias zonas de la ciudad. La vereda se prolongaba ante sus ojos y una libertad indescifrable le recorría de pies a cabeza. Era un éxtasis que, como si fuera producto de un rayo, le hacía sentir una electricidad fulgurante. Primero, llegó a un parque de olivos y persiguió mariposas. Cuando estaba por atrapar una muy colorida, cayó con estrépito en la laguna artificial. Las personas se reían de su aspecto y torpeza.
–No se burlen –decía él, con voz grave –. Que todos estamos disfrazados.
Luego se detuvo en una avenida principal. En la esquina más concurrida, bajo el semáforo en rojo, cruzó la pista bailando un ritmo desaforado. Los conductores tocaron sus cláxones y él se animó a dirigir el tráfico por unos instantes.
–¡Avancen sin cuidado! –gritaba, haciendo el sonido de un pito con los labios– ¡Que el golpe avisa y enseña!
En la puerta de una farmacia, saludó a los clientes y, cuando quisieron echarlo los guardias de seguridad, saltó como un canguro afiebrado.
–La locura es la mejor medicina –recomendaba, envuelto en su trance– O la muerte, que lo iguala todo.  
Por último, subió a un puente, se pegó a la baranda y lanzó besos volados a los carros.
–¡Los adoro! –gritaba–. ¡Porque la vida es viaje y viajar es vivir!
Al final de la jornada estaba cansado y sudoroso como si hubiera participado en una maratón. La noche comenzaba a expandir sus dominios y los objetos se entregaban a una penumbra enrarecida. El Dinosaurio se dirigió a su casa saboreando el placer de haber cumplido un acto sin parangón. No obstante, a ratos se preguntaba: “Pero, ¿qué he hecho?”. Y lo inundaba la vergüenza. “Por suerte no me ha visto nadie. ¿O sí?”. De pronto, se encontró en la boca de un pasaje y, gracias al reflejo de un poste de luz, logró ver una silueta llamativa. Cuidadosamente, avanzó unos pasos y emergió una mujer (pues sus piernas finas así lo indicaban) disfrazada de galleta con relleno de fresa. El Dinosaurio se sorprendió: había alguien más con su afición. La Galleta, que llevaba un ángulo mordido, partió con prisa y se perdió entre las sombras. El Dinosaurio, con una mano (o más bien una garra) en el corazón, hizo un descubrimiento que le trastocó la existencia: la Galleta era maravillosa y debía encontrarla.

***

El Dinosaurio anduvo por todos los lugares que conocía, tratando de ubicar a la Galleta. Fue por los caminos desiertos y silenciosos, y sumó su tristeza a la del ambiente. Atravesó las aceras concurridas, evitando ser empujado por las mareas de personas que iban y venían sin dirección. Fue a los parques y los centros comerciales, y los adultos lo confundieron con un espectáculo para niños. Se introdujo en las cantinas de mala muerte y tuvo que soportar las bromas pesadas de los parroquianos. Desesperado, preguntó en la comisaría y, luego de ser calificado de demente, lo invitaron a salir. El desánimo lo venció con su peso de realidad. Concluyó que nunca más hallaría a la Galleta, la cual lo había alterado en lo profundo.

***

En la oficina, una tarde de cielo despejado, el Contador llamó a la secretaria del jefe para darle unos informes urgentes. Ella se acercó moviendo las caderas con armonía y el Contador encontró en esa forma de caminar varios detalles que le inquietaron la memoria. “¿Quién camina así?”, pensó. Como no se le ocurrió nada, volvió a sus labores. Pero horas después, cuando estaba listo para retirarse, varias ideas se fusionaron en su cabeza. Había hallado la respuesta: ese caminar se parecía al de la Galleta.
El Contador se arrojó sobre el escritorio de la Secretaria, quien se había marchado hacía unos minutos. Quería encontrar alguna prueba que confirmara su sospecha. Forzó la chapa, abrió los cajones y buscó entre los papeles y sobres. No había ni indicios. “Tonterías”, concluyó. “Mejor voy a su casa”. 
El Contador sacó de una agenda la dirección de la Secretaria y salió corriendo. Cerca del lugar señalado, frenó ante una imagen de ensueño: en un parque de árboles tupidos, la Galleta brincaba de un lado a otro mientras arrojaba pétalos de flores. El Contador fue traspasado por una angustia creciente, se colocó su disfraz y persiguió a la Galleta.
La correteó por aceras llenas de ojos estupefactos. Luego, por la berma central de una autopista. Los vehículos pasaban rápidamente y en los timones se exhibían rostros de desconcierto. El Dinosaurio seguía tras la Galleta: ninguno de los dos mostraba cansancio. Estaban dispuestos a cruzar sus límites. Avanzaron cerca de diez kilómetros.
–Te atraparé –vociferaba el Dinosaurio–. Te cansarás. Y te atraparé.
Pero, aunque era un buen plan, eso no sucedió: una patrulla de policía los detuvo. Los guardias se los llevaron por promover el desorden público.

***

Rodeado de policías, y en una habitación iluminada por reflectores, el Contador se hundió en la vergüenza: se quitó el disfraz y mostró su rostro taciturno. Los policías, que no dejaban de reír, tomaron sus datos y le advirtieron que esa era la última vez que lo dejaban libre. “¡La próxima te encerramos en el manicomio!”, le dijeron. Cabizbajo, el Contador se retiró pensando que debía arrojar a la basura su traje de dinosaurio.
Perdido por los pasillos de la comisaría, le aplastaba la sensación de estar en un laberinto de tamaño continental. De pronto, sobre una banca de madera, encontró el motivo de su congoja: el disfraz de galleta. Aunque intentó controlarse, sus ojos resplandecieron y se acercó a esa piel para acariciarla con ternura. Mientras sus manos vibraban, una energía rara se expandió por su cuerpo y le hizo sonreír de esperanza. Sin embargo, el momento cósmico se volvió terrenal cuando alzó la mirada. Acompañada de mujeres policías, la Secretaria pasaba por su lado. El Contador no supo qué decir. Un vacío creció en su estómago y una pesadez contundente se alojó en su garganta. Quiso articular palabras inteligentes o por lo menos dulces, pero solo le salió un tímido “hola”.
–Hola –le respondió la Secretaria y continuó su camino.

***

En el trabajo, después del incidente con la policía, el Contador evitó a toda costa la presencia de la Secretaria. Si tenía que darle algún recado, se hacía el desentendido o mandaba a que lo hiciera otra persona. Así transcurrieron las semanas hasta que, a fin de año, cuando se realizaba el balance general y en la oficina se respiraba oxígeno con estrés, la Secretaria se acercó a su escritorio. Llevaba una sonrisa pícara y sus ojos brillaban con luz propia. Le extendió dos documentos.
–Gra-gra-gracias –dijo el Contador.
La Secretaria se retiró en silencio. El Contador leyó con expectativa el primer documento. Trataba sobre algunas observaciones, muy minuciosas, relacionadas a los montos que ingresaron antes del cierre de caja. Desanimado, tomó el otro papel y lo revisó con paciencia. Al finalizar, una descarga trepidante lo empujó a un abismo sin gravedad. Era el amor.

***

Apenas termina la jornada laboral, el Contador y la Secretaria, que no hablan nada en la oficina, se marchan con rapidez y se dirigen a su punto de reunión: la playa. Envueltos por la brisa, se ponen sus respectivos disfraces (el Contador, el de Dinosaurio; la Secretaria, el de Galleta) y, abrazados, contemplan cómo el sol se esconde en el océano.


martes, 10 de enero de 2012

Quizá no sea tan mala la SOPA

Por: Julio Meza Díaz

Es probable que me esté metiendo en camisa de once varas. No sé mucho sobre tecnología, desconozco los detalles legales implicados en el tema, y la información que manejo proviene de periódicos y revistas con una marcada perspectiva política. Sin embargo, no creo que mi aporte sea del todo desdeñable.

Como bien se sabe, la ley SOPA regiría en jurisdicción norteamericana pero afectaría al mundo entero, pues la mayor parte de la infraestructura vinculada a la red se encuentra en EE.UU. La pregunta es: ¿podrá una ley cambiar la realidad? ¿Las leyes contra el comercio de drogas han podido detener su consumo? No. Una ley no es una varita mágica que, de pronto, vuelve una calabaza en carruaje de lujo.

Estados Unidos está atravesando una crisis económica tan grave que, en la actualidad, su poderío es casi únicamente militar. Nuevas potencias, como Rusia, China, India y Brasil, brillan ahora en términos monetarios y también en generación de tecnologías. Si la ley SOPA se aplicara en EE.UU., las herramientas físicas que requiere la web serán elaboradas en otros países como los mencionados. Es más, empresas como Google, Yahoo! o Facebook simplemente cruzarán la frontera en busca de mejores espacios legales. Para continuar con sus negocios, se llevarán consigo sus capitales y conocimientos. Esto producirá la aparición de distintos focos de desarrollo tecnológico. Y, sobre todo, se asegurará el intercambio gratuito de información, pues ya no dependeremos de la arbitrariedad de unos pocos.  
           
De otro lado, este panorama posibilitará aplicar medidas que los legisladores de EE.UU. han rechazado ciegamente. Por ejemplo, las que se emplean en Canadá, en donde es legal descargar canciones y, en compensación, a favor de los músicos y casas discográficas, “se ha creado un impuesto de 25 dólares sobre los aparatos grabadores y reproductores de MP3 y iPods”.[1] O las que se dan en algunos países europeos, en los que “las videograbadoras pagan un impuesto (que es trasladado por las tiendas al consumidor) que va a un fondo de la misma naturaleza y destino que el canadiense”.[2]

Desde mi perspectiva, si se impone la ley SOPA, el más perjudicado sería EE.UU., pues su población no solo perdería puestos de trabajo (que últimamente no les sobra), sino además sería la única que sufriría los efectos de una norma que restringe de modo violento la libertad de expresión. Esto incrementaría el número de indignados y hundiría más un sistema que parece estar soltando sus últimos y desesperados manotazos de ahogado.      

Lo repito: quizá (y solo quizá) la SOPA no sea tan mala.




[1] DURANT, Alberto. ¿Dónde está el pirata? Lima: Edición del autor, 2009. Pág. 40.
[2] Íbid.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Lo dice también Loquillo

Por Loquillo

Nací en un momento equivocado
En un país equivocado
En la ciudad equivocada
En la familia equivocada

Tuve los amigos equivocados
Escuché la música equivocada
Leí los libros equivocados
Oí las palabras equivocadas
Amé a la persona equivocada
Hablé con gente en el idioma equivocado
Crecí con ideales equivocados
Grité consignas equivocadas
Luché en el bando equivocado
Fui por el camino equivocado

Amé a la persona equivocada
Tomé drogas con la gente en los lugares equivocados
O puede ser que esté equivocado

¿Equivocado?

Debe ser que mi vida es un error…

jueves, 27 de octubre de 2011

¿Por qué hay tantos homosexuales entre los historiadores limeños de la clase alta?

Por Julio Meza Díaz

A Renzo Honores y Miguel Ángel del Castillo, excelentes historiadores y mejores amigos.

Estoy de acuerdo: esta es una pregunta que podría ser leída con cierto contenido homofóbico. Sin embargo, el texto que la precede tratará de ir más allá de los límites de un título llamativo y provocador.

Lo confieso: mi vida ha estado atravesada por experiencias del todo machistas. Estudié en un colegio de hombres en el cual o te imponías mediante la fuerza o la pendejada, o eras víctima de las más crueles vejaciones. Solo tengo hermanos; de modo que las sobremesas y reuniones siempre están sazonadas con groserías y comentarios políticamente incorrectos. Y cuando estuve en la facultad de Derecho, el único tema que despertó mi interés fue el Derecho Penal y, por este motivo, hice mi sesigra en el Ministerio Público. De modo que ni yo mismo entiendo de dónde nació mi sensibilidad para la narrativa y, cosa más rara aún, para la poesía.

Deteniéndose en este contexto, no creo que a alguien le resulte extraña mi siguiente confesión: hasta los veintitrés años, más o menos, no pude ver con comodidad a dos hombres besándose. Fue gracias a la lectura de textos sobre sexualidad y género, a mi amistad con homosexuales y lesbianas, y a algunos espacios de verdadera libertad en la PUCP, que aprendí no solo a tolerar, sino sobre todo a respetar a los miembros de la comunidad LGTB.

Sin embargo, y esto lo digo con vergüenza, veintitrés años de educación machista no se borran de la noche a la mañana. Así que, a veces, me sorprenden algunas situaciones. Por ejemplo, la que implica el título de este texto.

Debido a la realización de mi tesis, he tenido que conocer a muchos historiadores. Algunos se han convertido en mis amigos; otros hasta me han dado trabajo; y muchos me han desconcertado por sus modos huachafos y su adicción al prestigio y el poder.

Y es sobre estos últimos que trazo estas palabras.

La tendencia que los unifica es muy conocida en el ámbito académico. No obstante, acá la detallaré brevemente por amabilidad al lector que desconoce este mundillo. Estos historiadores conforman un reducto de elitismo intelectual, exhiben un bobalicón sentido de aristocracia y postulan un rancio conservadurismo político. Estas particularidades son criticables, por supuesto; pero lo que más llama mi atención es su sucia doble moral. Casi todos ellos tienen vínculos con el ala dura de la iglesia católica, se llenan la boca de una ética rigurosa que defiende la familia tradicional y “los valores cristianos”, y hasta se manifiestan abiertamente homofóbicos.

Sin embargo, son homosexuales.

Y aquí cabe mi pregunta: ¿por qué hay tantos homosexuales entre los historiadores limeños de la clase alta?

La hipótesis del corsé
No soy sociólogo ni politólogo. Tampoco psicólogo ni antropólogo. A lo mucho me declaro como un bachiller que procura convertirse en tinterillo con licenciatura, un escribidor con más oficio que talento, y un devoto de la obra de Chuck Jones. También soy algo más: soy de los que saben que poner juntas tantas palabras que terminan en “logo” afean un texto, y sin embargo eso me importa un perejil.

Ahora bien, señalo mis limitaciones por un simple motivo. Solo he podido lograr responder a la pregunta que anima este texto mediante la descripción de una imagen. Quizás los especialistas puedan proporcionar un marco teórico adecuado para este objeto de estudio. Quizás puedan levantar argumentaciones sesudas y atendibles. Por lo pronto, mientras espero que eso suceda, me aventuraré a presentar mi hipótesis, la cual he denominado La Hipótesis del Corsé.      

Para los historiadores a los cuales me refiero, el estudio de la historia conlleva en sí mismo un refinamiento semejante a un corsé femenino. Así, tras sus ternos de fino paño y sus camisas de marca europea, llevan pegado a la piel una maquinaria de telas y elásticos que los aprietan y reducen. Poco a poco, a medida en que se adentran en bibliotecas y textos antiquísimos, este corsé va ajustándolos cada vez más, obligándolos a expulsar en forma de oxígeno cada uno de los elementos que constituyen su masculinidad. Pasados los años (o tan solo los meses o días), este corsé les aprieta tanto que el último hálito de masculinidad se les escapa de los pulmones a manera de un delicado gemido.

Por supuesto, esto no impide que, por ejemplo, sigan comulgando los domingos y que renieguen públicamente de la ordenanza municipal contra la discriminación sexual.

¿Conclusiones?
Primero, de haberlos ofendido, pido disculpas a mis amigos y amigas de la comunidad LGTB. Les ruego tomar esto como lo que es: una humorada sobre gente dizque importante.  

Luego, una recomendación para los jóvenes historiadores. Si de pronto sienten la presencia del mencionado corsé, saquen fuerzas de donde no las tienen. Y, en vez de dejar salir el oxígeno de sus pulmones, griten el muy contemporáneo grito de reivindicación existencial: ¡¡¡¡FUUUUUUUUUAAAAAA!!!! (1) 

  
(1) Para aquellos que no conocieran la doctrina del FUA, los invito a contemplar este video: http://www.youtube.com/watch?v=SWOz-kIwDuU
   

lunes, 5 de septiembre de 2011

Oh pus Dei

Por Julio Meza Díaz
Parte de mi educación escolar la soporté en el colegio San Agustín. Eran los años de la violencia política, y esta se manifestaba en todos los espacios: entre tus amigos, ante los extraños y, sobre todo, cerca de los vidrios (pues si explotaba un coche bomba y te hallabas en el lugar equivocado, podías perder literalmente la cabeza). En ese contexto, un puñado de gente mononeuronal como los senderistas empezó a formar sus propios cuadros. El método no fue incendiar la pradera. Pero sí se usó fuego. A cientos de niños, niñas y adolescentes de las familias más acomodadas se les intentó calcinar su voluntad, su sentido crítico, su libertad. En muchos casos lo lograron, y el resultado lo podemos ver ahora: prendemos la tv y nos encontramos con los fantoches a través de los cuales habla el Opus Dei. Lo inquietante es que estos seres, sea como fuera que se les mire, no causan miedo ni aprensión, sino curiosidad[1]. ¿A qué situaciones los habrán sometido para llegar a ese estado? ¿En qué momento una única idea se apoderó de su cerebro y lo redujo a mera ceniza? ¿Por qué no ríen cuando se miran al espejo?
Señores y señoras de National Geographic, aquí tienen un tema para una buena investigación.
Contaba que estudié en el San Agustín. Allí tuve una educación católica severa y fui testigo de los modos en que funciona el Opus Dei. Por supuesto, no se me invitó a esa organización. Primero, porque mis papás nunca pagaron puntualmente las pensiones (y no terminaron de pagar jamás la de cuarto de media[2]). Segundo, porque mis papás no lucen apellidos ostentosos. Y por último, porque simple y llanamente mi familia y yo somos cholos. De modo que, gracias a Dios, nadie nos llamó a formar parte de ese club social… Perdón, de esa organización religiosa, quise decir.
Lamentablemente, esto no impidió que sufriera algunas de las torturas de las que estos curas obtusos son especialistas.
El jefe de normas te lo decía con claridad: “o vas al retiro espiritual, carajo, o desapruebas religión”. Y desaprobar ese curso no era vergonzoso, pero sí problemático. Te podía empujar a unas vacaciones de verano con clases de nivelación sobre la vida eterna, el gusano y el fuego imperecederos, y la zarza que arde en el desierto. Así que uno aceptaba, le pedí a su papá los 20 ó 30 dólares que costaba ir a una casa en el Rímac, y se persignaba. Sí, uno se persignaba, porque solo Dios podía ayudarte a salir de esa experiencia sin estrés postraumático[3].


Pese al pago que uno hacía, el servicio era deplorable. La comida no solo era escasa, sino también horrible y sucia. Dormíamos en un galpón de camarotes, en el que no había intimidad ni para soltarse una flatulencia. Al parecer los ensotanados habían leído muy bien los manuales de La Escuela de las Américas[4]: nos alimentaban mal, nos hacían dormir peor; y cuando ya mostrábamos las consecuencias de esos castigos, es decir, cuando nuestra conciencia había rendido sus armas, procedían a una actividad de corte surrealista.
Ingresábamos a una capilla en ruinas, apagaban las luces, nos ordenaban cerrar los ojos y comenzaba el sonido monocorde de un guitarra: pin pan pon pun-pun, pin pan pon pun-pun, pin pan pon pun-pun…
Una voz cavernosa susurraba: Imagina que suena el timbre de salida y corres alegre hacia el patio. Pin pan pon pun-pun. Hablas con tus amigos, haces la formación y sales a la calle. Pin pan pon pun-pun. De pronto, cuando cruzas la avenida, el carro de tu papá viene más rápido de lo usual. Pin pan pon pun-pun. Se le ha vaciado los frenos. Pin pan pon pun-pun. ¡¡¡Y pun!!! Mueres atropellado.
Recuerdo que, en ese momento, varios compañeros se lanzaron a llorar. Pero otros nos mantuvimos firmes: tal vez confiábamos en que los bomberos de nuestra imaginación serían tan eficientes como los de la realidad.
Pin pan pon pun-pun, continuaban la guitarra y la voz. Ahora estás viendo tu propio funeral. Tu mamá sufre sin consuelo, porque ha perdido a su hijo, y su esposo (es decir, tu papá) está en la cárcel. Pin pan pon pun-pun. “¡¡¡Noooo!!!”, gritaron más compañeros. Pin pan pon pun-pun. Sin que lo decidas, un remolino de luz te envuelve y te conviertes en polvo. Pin pan pon pun-pun. Y apareces de nuevo, pero esta vez en la sala de un cine. Pin pan pon pun-pun…
–Ojala esté dando la de la Cicciolina y el burro –me dijo Carlos, mi amigo de por aquel entonces, y yo deseé que pasaran Bajos instintos o, por lo menos, Luna de hiel.
Pin pan pon pun-pun. Estás solo en el cine, acomodado en una butaca. Pin pan pon pun-pun. Y en la pantalla se proyectan… Pin pan pon pun-pun. Se proyectan cada una de tus acciones buenas. “¡¡¡¡Ooohhh…!!!!”, suspiran los amanerados. Pin pan pon pun-pun. Pero estas no son muchas. Pin pan pon pun-pun. Y la sala de cine se llena de todas las personas que has conocido en vida. Pin pan pon pun-pun.
–Uy chucha… –dice Carlos. Y en mi cabeza, al lado de mi butaca, veo a mi vecina de nariz respingada y piernas largas, Claudia, quien, a través de mis cortinas, despertaba movimientos furiosos de mi diestra. 
Pin pan pon pun-pun. Y en la pantalla están ahora… Pin pan pon pun-pun. Ahora tus malas acciones. Pin pan pon pun-pun. ¡¡¡Tus malas acciones!!! “¡¡¡¡Perdóname, Dios!!!!”, claman gargantas temblorosas. Pin pan pon pun-pun. Carlos ha hecho una mueca de espanto. ¡¡¡Tus malas acciones!!!  Y yo veo como Claudia me ve en pantalla grande y a todo color viéndola por mi ventana, mientras... Pin pan pon pun-pun. Mientras va y viene el mundo. “¡¡¡¡Perdóname, Dios!!!”.  Va y viene como un péndulo. Pin pan pon pun-pun. ¡¡¡Tus malas acciones!!! Va y viene con suavidad gracias a las cremas de mamá. Pin pan pon pun-pun. “!!!No me perdones, Dios!!!”. Va y viene con rapidez porque Claudita se agacha a recoger la pelota de vóley. ¡¡¡Tus malas acciones!!! Va y viene y parece que a Claudita le gusta que esté a punto de venirme. Pin pan pon pun-pun. Y por esas malas acciones te espera… Me vengo, que me vengo, que me vengo. Te espera el infierno. ¡¡¡El infierno!!! “¡¡¡No tengo perdón!!!”. Ahhh... ¡¡¡El infierno!!! Pin pan pon pun-pun.
Se encienden las luces. Como buen Meza Díaz, siempre cargo un pañuelo en el bolsillo. Me seco, y me invade la culpa. Carlos está de rodillas, pidiendo por el consuelo eterno. Emergen varios curas de la sacristía, se acomodan tras unos confesionarios de miniatura y aguardan. Mis compañeros corren en estampida a vomitar sus pecados. El primero de la clase trata de ser el primero hasta en la carrera para evitar el infierno. Se queda hora y media hablando con un cura. Carlos demora un poco más, porque al cura que le ha tocado le parece desconcertante la historia de la Ciccolina y el burro. La culpa me está aplastando. Pero se supone que Dios lo perdona todo. ¿O no?
De esa experiencia rescato algunas conclusiones. Primero, Dios lo perdona todo, incluso la humectación de su casa. Segundo, los curas a veces no perdonan (el que me escuchó la confesión me sacudió el rostro de una cachetada). Por último, de lo que disfruto es de una parafilia aún no clasificada[5], la cual, según mi psicóloga, sería un interesante tema de análisis para National Geographic.
Años después, cuando había terminado por fin mis estudios de derecho, caminaba por la avenida San Borja Sur, dirigiéndome al cumpleaños de un amigo poeta. De pronto, en la vereda se dibujó la silueta de un sujeto que, pese a su juventud  y el terno elegante que vestía, arrastraba los pies como quien carga una cruz de granito. Era Carlos, mi viejo amigo. Nos abrazamos, recordamos nuestros apodos e iniciamos el recuento de lo que habían sido nuestros días hasta ese momento. Le solté mis pequeños logros y grandes tristezas. Él me detalló sus triunfos económicos y su derrota sentimental. Se había sumado al Opus Dei luego de ese nefasto retiro espiritual, se casó con la hija de un antiguo miembro de la obra y consiguió un enorme capital de trabajo: el mencionado suegro era el importante directivo de una minera. Todo iba a la perfección, pero Carlos nunca pudo olvidar a la Ciccolina y el burro. Sobre todo al burro. Hubo un escándalo. Lo maldijeron. Perdió sus comodidades. Se volvió en menos que cero. Sin embargo, fuerzas invisibles lo seguían obligando a su matrimonio infeliz.
–Opus Dei significa obra de Dios –me dijo, presionando la quijada–. Pero el Opus Dei no es eso. Es lo peor de Dios.
–…
–Es el pus de Dios.   
Intercambiamos números de celular, pero sabíamos que nunca nos buscaríamos. Le di un apretón de manos y me retiré pensando que, quizás, sería justo comprar una vieja iglesia del Opus Dei para proyectar en ella Bajos Instintos o Luna de Hiel o La Ciccolina y el burro o Las colegiales y el mango del martillo o…



[1] Llegué a esta conclusión gracias a una larga charla con mi amigo Renzo Honores. Desde acá, un abrazo de agradecimiento.
[2] Si algo me enorgullece de haber estudiado en el San Agustín es justamente eso: no terminé de pagar las pensiones que adeudaba de cuarto de media. Quinto lo estudié en un precario colegio de la avenida Arequipa (colegio en el que fui feliz), y mi papá recurrió a la argucia criolla para sonsacarles a los curas mis certificados de estudios. Los curas creyeron que les pagaríamos en unos meses. Ya han pasado más de catorce años. La deuda ha prescrito. Estimado padre director del colegio San Agustín, uno de estos días paso por el banco para hacerle un depósito de billetes del Monopolio.  
[3] He sido testigo de la mutación que puede ocasionar el trance del retiro espiritual. Tuve compañeros que, al volver a casa, empezaron a comportarse como Rambo o Gollum.
[4] La Escuela de las Américas es la institución creada por EE.UU. que se volvió famosa por diseñar el Plan Cóndor. Gracias a esta escuela hemos tenido en Latinoamérica personajes tan asquerosos como Pinochet, Videla o, en nuestro país, Vladimiro Montesinos.
[5] A los señores y señoritas encargados de hacer listas de rarezas sexuales: por favor, no olviden incluir la mía y, si es posible, bautícenla con mi nombre. Gracias.