miércoles, 4 de abril de 2012

Al respecto del Informe del Rectorado de la PUCP sobre las conversaciones con el Arzobispado de Lima


Apelando a mi formación jurídica (la cual no es muy confiable, puesto que pasé mis años en la facultad de Derecho leyendo novelas y poemarios), he analizado rápidamente algunos puntos del Informe del Rectorado de la PUCP sobre las conversaciones con el arzobispado de Lima.[1]
Primero, debo señalar que la versión en scribd del documento ha sido compartida por la FEPUC (Federación de estudiantes de la Universidad Católica) y en dicha versión falta una página. Sin embargo, este hecho no anula ni resta ningún valor a la lectura que realizo sobre los siguientes puntos.

Artículo 2.1.b. "El Gran Canciller y los cinco obispos que participan en la Asamblea... emitirán una opinión que contiene una valoración de los candidatos (a rector y vicerrectores)".
¿Cuál es la funcionalidad de este punto? Es decir, no es necesario subrayar que el Gran Canciller y los cinco obispos pueden dar una opinión; puesto que, en término legales, cualquier ser humano podría opinar valorativamente sobre los candidatos a rector o vicerrectores. Creo que este punto, sin embargo, no ha sido colocado allí de modo gratuito. Al parecer, se está dando la oportunidad de que, en el futuro, se interprete esta opinión como vinculante (es decir, con un peso decisivo sobre la elección en juego).

Artículo 2.2. La Comisión económica especial estará conformada por tres miembros. Uno será elegido por el Rector; otro por el Gran Canciller; y el tercero por la Conferencia Episcopal. Esta comisión tomará decisiones sobre una serie de temas económicos. Lamentablemente, no se detalla si se requiere de mayoría absoluta para que la votación de estos miembros se haga efectiva. Es decir, al no señalarse la necesidad de una mayoría absoluta, solo se requerirá de una mayoría, lo que significa que, de estar de acuerdo dos miembros de la comisión, esta podrá decidir sobre los bienes económicos que dispone. Y ojo, entre sus derechos está "autorizar la enajenación" (es decir, la venta, por ejemplo) de los inmuebles de la universidad.
Aquí el problema es el siguiente: la iglesia (representada por El Gran Canciller y el Episcopado) tendrán una enorme fuerza de decisión en temas económicos.

Artículo 2.3. Se señala que la Congregación para la Educación Católica tendrá que ser comunicada cuando se varíe el estatuto, se "afecten los derechos de la iglesia en la universidad" o se busquen “modificar de alguna forma la relación iglesia-universidad y/o la identidad católica y su compromiso con el respeto a los principios que iluminan su misión". ¿Alguno de ustedes ha revisado la página web de dicha Congregación?[2] Pues les diré que no se caracteriza por ser muy progresista. Y en esas manos estamos entregando la libertad de cátedra, pues ¿qué deberemos entender como "una modificación" en el vínculo iglesia-universidad? ¿Cuáles deberemos considerar que son “los principios” que guían a la iglesia? Tal vez uno de los principios sea la defensa de la vida. Entonces, ¿se podrá realizar una investigación a favor del aborto? No creo.

Artículo 2.6.6. Este punto es claramente peligroso. Dice: "Se establece el derecho de los estudiantes a recibir una educación cristiana". Esto quiere decir, de acuerdo a cualquier forma de interpretación, que los catedráticos tendrán el deber de darles una educación cristiana a los estudiantes. Es decir, si en el artículo 2.3 ya se ponía en juego la libertad de cátedra; en este artículo el terror muestra su verdadero rostro.

En fin, además de los expuestos, son varios los puntos que han sido escritos en términos demasiado ambiguos. Lamento concluir diciendo que muchos de ellos posibilitarán interpretaciones retorcidas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El amor de un dinosaurio

Cuando estaba en la oficina, el Contador era un individuo sin luz propia. Su trabajo, el mismo desde hacía un lustro, lo encadenaba al escritorio durante sesenta o más horas a la semana. El trajín era repetitivo, como el de una máquina incapaz de desgastarse. En la primera etapa del día revisaba las cuentas (manipulaba el debe y el haber como fichas de un rompecabezas) hasta que, cuando ya bostezaba, ponía su firma en los libros contables y los cerraba de un golpe. Mientras tomaba su refrigerio, que consistía casi siempre en una hamburguesa y una gaseosa oscura, conversaba con sus compañeros sobre nimiedades (aventuras de fin de semana, partidos de fútbol y asuntos profesionales). Por supuesto, nadie hablaba sobre temas agudos. Se temía ser visto como un alborotador. En la tarde, luego de trazar escritos y enviar el despacho, se reunía con su jefe para comentarle sus avances.
–¿Cómo está, señor? Aquí le traigo mis archivos.
–De mí no te preocupes, carajo. Deja esas huevadas en la mesa. Y regresa tu culo a su silla.
Al final de la jornada, el Contador le echaba llave a sus cajones y se despedía de sus compañeros con un apretón de manos. Era el momento en que comenzaba a iluminarse su vida. Dentro del ascensor sentía un alborozo que se originaba en sus entrañas y se reflejaba en su rostro con una enorme sonrisa. Era como si, después de años de lucha, se hubiera liberado de unos fuertes grilletes. En la cochera se quitaba el saco, encendía la radio a todo volumen y arrancaba el auto con apuro. A diferencia de sus colegas, el Contador no se dirigía a casa, ni a una reunión con amigos, ni mucho menos al gimnasio. Desajustándose la corbata, emprendía un breve viaje hacia el mar.
Luego de recorrer varias avenidas, bajo un cielo que anunciaba el ocaso con heridas naranjas y grises, tomaba la carretera hacia el sur de la ciudad. En el kilómetro ciento veinte, en medio de un desierto ondulante, ingresaba a un pequeño balneario que parecía la manifestación concreta de la nostalgia. Con lentitud, iba por las calles pavimentadas de arena y cruzaba la plaza principal, en la que una iglesia en ruinas acompañaba al municipio y otras edificaciones carcomidas por la brisa. Rodeado de niños que jugueteaban, se detenía por algunos minutos en el malecón y contemplaba los postes oxidados. Desde pequeño había imaginado que eran ancianos raquíticos que, debido a un hechizo misterioso, se habían momificado justo cuando doblaban las espaldas. También apreciaba las casas de revoques carcomidos, jardines secos, pero balcones con celosías intactas. “¡Qué chismosos somos!”, pensaba. Finalmente, seguía a las gaviotas que tomaban vuelos sinuosos para, de un momento a otro, hundirse en el agua y pescar. “¡Eso es libertad!”, se decía, y se imaginaba como un ave planeadora que soltaba, sin mayor importancia, una caquita sobre la cabeza de su jefe. El Contador suspiraba conmovido y bajaba a la playa.
Estacionado sobre la arena, con el viento empujando los techos de paja de las sombrillas, el Contador abría la maletera y sacaba un disfraz de dinosaurio de espuma de vidrio (para ser preciso, de Tyrannosaurus rex teñido con diversas variaciones del color violeta). Ante los ojos sorprendidos de algunos bañistas, se lo ponía lentamente y, dentro de esa piel grotesca, se dirigía a un espigón. Mientras silbaba un tema melancólico, avanzaba calculando cada uno de sus pasos, como si realizara una ceremonia sagrada. Y, cuando llegaba a la punta, en donde reventaban las olas con furia y se originaba una minúscula lluvia salada, se sentaba sobre una roca y observaba cómo se hundía el sol en el océano.

***

Una mañana, cuando se relajaba en su departamento, el Contador fue dominado por un impulso. Su cuerpo le exigió salir a la calle, pero no vestido del modo tradicional, sino disfrazado de dinosaurio. Pese a que intentó contenerse, la fuerza que nacía de su médula lo sometió. Minutos después, se vio a sí mismo bajando por las escaleras con su extraño ropaje. El portero se sorprendió. Sin embargo, como tenía ordenado no molestar a ningún propietario, se quedó en silencio como una roca. “Total”, reflexionó, “cada loco baila con su pañuelo”.
En el cuerpo del dinosaurio, el Contador recorrió varias zonas de la ciudad. La vereda se prolongaba ante sus ojos y una libertad indescifrable le recorría de pies a cabeza. Era un éxtasis que, como si fuera producto de un rayo, le hacía sentir una electricidad fulgurante. Primero, llegó a un parque de olivos y persiguió mariposas. Cuando estaba por atrapar una muy colorida, cayó con estrépito en la laguna artificial. Las personas se reían de su aspecto y torpeza.
–No se burlen –decía él, con voz grave –. Que todos estamos disfrazados.
Luego se detuvo en una avenida principal. En la esquina más concurrida, bajo el semáforo en rojo, cruzó la pista bailando un ritmo desaforado. Los conductores tocaron sus cláxones y él se animó a dirigir el tráfico por unos instantes.
–¡Avancen sin cuidado! –gritaba, haciendo el sonido de un pito con los labios– ¡Que el golpe avisa y enseña!
En la puerta de una farmacia, saludó a los clientes y, cuando quisieron echarlo los guardias de seguridad, saltó como un canguro afiebrado.
–La locura es la mejor medicina –recomendaba, envuelto en su trance– O la muerte, que lo iguala todo.  
Por último, subió a un puente, se pegó a la baranda y lanzó besos volados a los carros.
–¡Los adoro! –gritaba–. ¡Porque la vida es viaje y viajar es vivir!
Al final de la jornada estaba cansado y sudoroso como si hubiera participado en una maratón. La noche comenzaba a expandir sus dominios y los objetos se entregaban a una penumbra enrarecida. El Dinosaurio se dirigió a su casa saboreando el placer de haber cumplido un acto sin parangón. No obstante, a ratos se preguntaba: “Pero, ¿qué he hecho?”. Y lo inundaba la vergüenza. “Por suerte no me ha visto nadie. ¿O sí?”. De pronto, se encontró en la boca de un pasaje y, gracias al reflejo de un poste de luz, logró ver una silueta llamativa. Cuidadosamente, avanzó unos pasos y emergió una mujer (pues sus piernas finas así lo indicaban) disfrazada de galleta con relleno de fresa. El Dinosaurio se sorprendió: había alguien más con su afición. La Galleta, que llevaba un ángulo mordido, partió con prisa y se perdió entre las sombras. El Dinosaurio, con una mano (o más bien una garra) en el corazón, hizo un descubrimiento que le trastocó la existencia: la Galleta era maravillosa y debía encontrarla.

***

El Dinosaurio anduvo por todos los lugares que conocía, tratando de ubicar a la Galleta. Fue por los caminos desiertos y silenciosos, y sumó su tristeza a la del ambiente. Atravesó las aceras concurridas, evitando ser empujado por las mareas de personas que iban y venían sin dirección. Fue a los parques y los centros comerciales, y los adultos lo confundieron con un espectáculo para niños. Se introdujo en las cantinas de mala muerte y tuvo que soportar las bromas pesadas de los parroquianos. Desesperado, preguntó en la comisaría y, luego de ser calificado de demente, lo invitaron a salir. El desánimo lo venció con su peso de realidad. Concluyó que nunca más hallaría a la Galleta, la cual lo había alterado en lo profundo.

***

En la oficina, una tarde de cielo despejado, el Contador llamó a la secretaria del jefe para darle unos informes urgentes. Ella se acercó moviendo las caderas con armonía y el Contador encontró en esa forma de caminar varios detalles que le inquietaron la memoria. “¿Quién camina así?”, pensó. Como no se le ocurrió nada, volvió a sus labores. Pero horas después, cuando estaba listo para retirarse, varias ideas se fusionaron en su cabeza. Había hallado la respuesta: ese caminar se parecía al de la Galleta.
El Contador se arrojó sobre el escritorio de la Secretaria, quien se había marchado hacía unos minutos. Quería encontrar alguna prueba que confirmara su sospecha. Forzó la chapa, abrió los cajones y buscó entre los papeles y sobres. No había ni indicios. “Tonterías”, concluyó. “Mejor voy a su casa”. 
El Contador sacó de una agenda la dirección de la Secretaria y salió corriendo. Cerca del lugar señalado, frenó ante una imagen de ensueño: en un parque de árboles tupidos, la Galleta brincaba de un lado a otro mientras arrojaba pétalos de flores. El Contador fue traspasado por una angustia creciente, se colocó su disfraz y persiguió a la Galleta.
La correteó por aceras llenas de ojos estupefactos. Luego, por la berma central de una autopista. Los vehículos pasaban rápidamente y en los timones se exhibían rostros de desconcierto. El Dinosaurio seguía tras la Galleta: ninguno de los dos mostraba cansancio. Estaban dispuestos a cruzar sus límites. Avanzaron cerca de diez kilómetros.
–Te atraparé –vociferaba el Dinosaurio–. Te cansarás. Y te atraparé.
Pero, aunque era un buen plan, eso no sucedió: una patrulla de policía los detuvo. Los guardias se los llevaron por promover el desorden público.

***

Rodeado de policías, y en una habitación iluminada por reflectores, el Contador se hundió en la vergüenza: se quitó el disfraz y mostró su rostro taciturno. Los policías, que no dejaban de reír, tomaron sus datos y le advirtieron que esa era la última vez que lo dejaban libre. “¡La próxima te encerramos en el manicomio!”, le dijeron. Cabizbajo, el Contador se retiró pensando que debía arrojar a la basura su traje de dinosaurio.
Perdido por los pasillos de la comisaría, le aplastaba la sensación de estar en un laberinto de tamaño continental. De pronto, sobre una banca de madera, encontró el motivo de su congoja: el disfraz de galleta. Aunque intentó controlarse, sus ojos resplandecieron y se acercó a esa piel para acariciarla con ternura. Mientras sus manos vibraban, una energía rara se expandió por su cuerpo y le hizo sonreír de esperanza. Sin embargo, el momento cósmico se volvió terrenal cuando alzó la mirada. Acompañada de mujeres policías, la Secretaria pasaba por su lado. El Contador no supo qué decir. Un vacío creció en su estómago y una pesadez contundente se alojó en su garganta. Quiso articular palabras inteligentes o por lo menos dulces, pero solo le salió un tímido “hola”.
–Hola –le respondió la Secretaria y continuó su camino.

***

En el trabajo, después del incidente con la policía, el Contador evitó a toda costa la presencia de la Secretaria. Si tenía que darle algún recado, se hacía el desentendido o mandaba a que lo hiciera otra persona. Así transcurrieron las semanas hasta que, a fin de año, cuando se realizaba el balance general y en la oficina se respiraba oxígeno con estrés, la Secretaria se acercó a su escritorio. Llevaba una sonrisa pícara y sus ojos brillaban con luz propia. Le extendió dos documentos.
–Gra-gra-gracias –dijo el Contador.
La Secretaria se retiró en silencio. El Contador leyó con expectativa el primer documento. Trataba sobre algunas observaciones, muy minuciosas, relacionadas a los montos que ingresaron antes del cierre de caja. Desanimado, tomó el otro papel y lo revisó con paciencia. Al finalizar, una descarga trepidante lo empujó a un abismo sin gravedad. Era el amor.

***

Apenas termina la jornada laboral, el Contador y la Secretaria, que no hablan nada en la oficina, se marchan con rapidez y se dirigen a su punto de reunión: la playa. Envueltos por la brisa, se ponen sus respectivos disfraces (el Contador, el de Dinosaurio; la Secretaria, el de Galleta) y, abrazados, contemplan cómo el sol se esconde en el océano.


martes, 10 de enero de 2012

Quizá no sea tan mala la SOPA

Por: Julio Meza Díaz

Es probable que me esté metiendo en camisa de once varas. No sé mucho sobre tecnología, desconozco los detalles legales implicados en el tema, y la información que manejo proviene de periódicos y revistas con una marcada perspectiva política. Sin embargo, no creo que mi aporte sea del todo desdeñable.

Como bien se sabe, la ley SOPA regiría en jurisdicción norteamericana pero afectaría al mundo entero, pues la mayor parte de la infraestructura vinculada a la red se encuentra en EE.UU. La pregunta es: ¿podrá una ley cambiar la realidad? ¿Las leyes contra el comercio de drogas han podido detener su consumo? No. Una ley no es una varita mágica que, de pronto, vuelve una calabaza en carruaje de lujo.

Estados Unidos está atravesando una crisis económica tan grave que, en la actualidad, su poderío es casi únicamente militar. Nuevas potencias, como Rusia, China, India y Brasil, brillan ahora en términos monetarios y también en generación de tecnologías. Si la ley SOPA se aplicara en EE.UU., las herramientas físicas que requiere la web serán elaboradas en otros países como los mencionados. Es más, empresas como Google, Yahoo! o Facebook simplemente cruzarán la frontera en busca de mejores espacios legales. Para continuar con sus negocios, se llevarán consigo sus capitales y conocimientos. Esto producirá la aparición de distintos focos de desarrollo tecnológico. Y, sobre todo, se asegurará el intercambio gratuito de información, pues ya no dependeremos de la arbitrariedad de unos pocos.  
           
De otro lado, este panorama posibilitará aplicar medidas que los legisladores de EE.UU. han rechazado ciegamente. Por ejemplo, las que se emplean en Canadá, en donde es legal descargar canciones y, en compensación, a favor de los músicos y casas discográficas, “se ha creado un impuesto de 25 dólares sobre los aparatos grabadores y reproductores de MP3 y iPods”.[1] O las que se dan en algunos países europeos, en los que “las videograbadoras pagan un impuesto (que es trasladado por las tiendas al consumidor) que va a un fondo de la misma naturaleza y destino que el canadiense”.[2]

Desde mi perspectiva, si se impone la ley SOPA, el más perjudicado sería EE.UU., pues su población no solo perdería puestos de trabajo (que últimamente no les sobra), sino además sería la única que sufriría los efectos de una norma que restringe de modo violento la libertad de expresión. Esto incrementaría el número de indignados y hundiría más un sistema que parece estar soltando sus últimos y desesperados manotazos de ahogado.      

Lo repito: quizá (y solo quizá) la SOPA no sea tan mala.




[1] DURANT, Alberto. ¿Dónde está el pirata? Lima: Edición del autor, 2009. Pág. 40.
[2] Íbid.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Lo dice también Loquillo

Por Loquillo

Nací en un momento equivocado
En un país equivocado
En la ciudad equivocada
En la familia equivocada

Tuve los amigos equivocados
Escuché la música equivocada
Leí los libros equivocados
Oí las palabras equivocadas
Amé a la persona equivocada
Hablé con gente en el idioma equivocado
Crecí con ideales equivocados
Grité consignas equivocadas
Luché en el bando equivocado
Fui por el camino equivocado

Amé a la persona equivocada
Tomé drogas con la gente en los lugares equivocados
O puede ser que esté equivocado

¿Equivocado?

Debe ser que mi vida es un error…

jueves, 27 de octubre de 2011

¿Por qué hay tantos homosexuales entre los historiadores limeños de la clase alta?

Por Julio Meza Díaz

A Renzo Honores y Miguel Ángel del Castillo, excelentes historiadores y mejores amigos.

Estoy de acuerdo: esta es una pregunta que podría ser leída con cierto contenido homofóbico. Sin embargo, el texto que la precede tratará de ir más allá de los límites de un título llamativo y provocador.

Lo confieso: mi vida ha estado atravesada por experiencias del todo machistas. Estudié en un colegio de hombres en el cual o te imponías mediante la fuerza o la pendejada, o eras víctima de las más crueles vejaciones. Solo tengo hermanos; de modo que las sobremesas y reuniones siempre están sazonadas con groserías y comentarios políticamente incorrectos. Y cuando estuve en la facultad de Derecho, el único tema que despertó mi interés fue el Derecho Penal y, por este motivo, hice mi sesigra en el Ministerio Público. De modo que ni yo mismo entiendo de dónde nació mi sensibilidad para la narrativa y, cosa más rara aún, para la poesía.

Deteniéndose en este contexto, no creo que a alguien le resulte extraña mi siguiente confesión: hasta los veintitrés años, más o menos, no pude ver con comodidad a dos hombres besándose. Fue gracias a la lectura de textos sobre sexualidad y género, a mi amistad con homosexuales y lesbianas, y a algunos espacios de verdadera libertad en la PUCP, que aprendí no solo a tolerar, sino sobre todo a respetar a los miembros de la comunidad LGTB.

Sin embargo, y esto lo digo con vergüenza, veintitrés años de educación machista no se borran de la noche a la mañana. Así que, a veces, me sorprenden algunas situaciones. Por ejemplo, la que implica el título de este texto.

Debido a la realización de mi tesis, he tenido que conocer a muchos historiadores. Algunos se han convertido en mis amigos; otros hasta me han dado trabajo; y muchos me han desconcertado por sus modos huachafos y su adicción al prestigio y el poder.

Y es sobre estos últimos que trazo estas palabras.

La tendencia que los unifica es muy conocida en el ámbito académico. No obstante, acá la detallaré brevemente por amabilidad al lector que desconoce este mundillo. Estos historiadores conforman un reducto de elitismo intelectual, exhiben un bobalicón sentido de aristocracia y postulan un rancio conservadurismo político. Estas particularidades son criticables, por supuesto; pero lo que más llama mi atención es su sucia doble moral. Casi todos ellos tienen vínculos con el ala dura de la iglesia católica, se llenan la boca de una ética rigurosa que defiende la familia tradicional y “los valores cristianos”, y hasta se manifiestan abiertamente homofóbicos.

Sin embargo, son homosexuales.

Y aquí cabe mi pregunta: ¿por qué hay tantos homosexuales entre los historiadores limeños de la clase alta?

La hipótesis del corsé
No soy sociólogo ni politólogo. Tampoco psicólogo ni antropólogo. A lo mucho me declaro como un bachiller que procura convertirse en tinterillo con licenciatura, un escribidor con más oficio que talento, y un devoto de la obra de Chuck Jones. También soy algo más: soy de los que saben que poner juntas tantas palabras que terminan en “logo” afean un texto, y sin embargo eso me importa un perejil.

Ahora bien, señalo mis limitaciones por un simple motivo. Solo he podido lograr responder a la pregunta que anima este texto mediante la descripción de una imagen. Quizás los especialistas puedan proporcionar un marco teórico adecuado para este objeto de estudio. Quizás puedan levantar argumentaciones sesudas y atendibles. Por lo pronto, mientras espero que eso suceda, me aventuraré a presentar mi hipótesis, la cual he denominado La Hipótesis del Corsé.      

Para los historiadores a los cuales me refiero, el estudio de la historia conlleva en sí mismo un refinamiento semejante a un corsé femenino. Así, tras sus ternos de fino paño y sus camisas de marca europea, llevan pegado a la piel una maquinaria de telas y elásticos que los aprietan y reducen. Poco a poco, a medida en que se adentran en bibliotecas y textos antiquísimos, este corsé va ajustándolos cada vez más, obligándolos a expulsar en forma de oxígeno cada uno de los elementos que constituyen su masculinidad. Pasados los años (o tan solo los meses o días), este corsé les aprieta tanto que el último hálito de masculinidad se les escapa de los pulmones a manera de un delicado gemido.

Por supuesto, esto no impide que, por ejemplo, sigan comulgando los domingos y que renieguen públicamente de la ordenanza municipal contra la discriminación sexual.

¿Conclusiones?
Primero, de haberlos ofendido, pido disculpas a mis amigos y amigas de la comunidad LGTB. Les ruego tomar esto como lo que es: una humorada sobre gente dizque importante.  

Luego, una recomendación para los jóvenes historiadores. Si de pronto sienten la presencia del mencionado corsé, saquen fuerzas de donde no las tienen. Y, en vez de dejar salir el oxígeno de sus pulmones, griten el muy contemporáneo grito de reivindicación existencial: ¡¡¡¡FUUUUUUUUUAAAAAA!!!! (1) 

  
(1) Para aquellos que no conocieran la doctrina del FUA, los invito a contemplar este video: http://www.youtube.com/watch?v=SWOz-kIwDuU
   

lunes, 5 de septiembre de 2011

Oh pus Dei

Por Julio Meza Díaz
Parte de mi educación escolar la soporté en el colegio San Agustín. Eran los años de la violencia política, y esta se manifestaba en todos los espacios: entre tus amigos, ante los extraños y, sobre todo, cerca de los vidrios (pues si explotaba un coche bomba y te hallabas en el lugar equivocado, podías perder literalmente la cabeza). En ese contexto, un puñado de gente mononeuronal como los senderistas empezó a formar sus propios cuadros. El método no fue incendiar la pradera. Pero sí se usó fuego. A cientos de niños, niñas y adolescentes de las familias más acomodadas se les intentó calcinar su voluntad, su sentido crítico, su libertad. En muchos casos lo lograron, y el resultado lo podemos ver ahora: prendemos la tv y nos encontramos con los fantoches a través de los cuales habla el Opus Dei. Lo inquietante es que estos seres, sea como fuera que se les mire, no causan miedo ni aprensión, sino curiosidad[1]. ¿A qué situaciones los habrán sometido para llegar a ese estado? ¿En qué momento una única idea se apoderó de su cerebro y lo redujo a mera ceniza? ¿Por qué no ríen cuando se miran al espejo?
Señores y señoras de National Geographic, aquí tienen un tema para una buena investigación.
Contaba que estudié en el San Agustín. Allí tuve una educación católica severa y fui testigo de los modos en que funciona el Opus Dei. Por supuesto, no se me invitó a esa organización. Primero, porque mis papás nunca pagaron puntualmente las pensiones (y no terminaron de pagar jamás la de cuarto de media[2]). Segundo, porque mis papás no lucen apellidos ostentosos. Y por último, porque simple y llanamente mi familia y yo somos cholos. De modo que, gracias a Dios, nadie nos llamó a formar parte de ese club social… Perdón, de esa organización religiosa, quise decir.
Lamentablemente, esto no impidió que sufriera algunas de las torturas de las que estos curas obtusos son especialistas.
El jefe de normas te lo decía con claridad: “o vas al retiro espiritual, carajo, o desapruebas religión”. Y desaprobar ese curso no era vergonzoso, pero sí problemático. Te podía empujar a unas vacaciones de verano con clases de nivelación sobre la vida eterna, el gusano y el fuego imperecederos, y la zarza que arde en el desierto. Así que uno aceptaba, le pedí a su papá los 20 ó 30 dólares que costaba ir a una casa en el Rímac, y se persignaba. Sí, uno se persignaba, porque solo Dios podía ayudarte a salir de esa experiencia sin estrés postraumático[3].


Pese al pago que uno hacía, el servicio era deplorable. La comida no solo era escasa, sino también horrible y sucia. Dormíamos en un galpón de camarotes, en el que no había intimidad ni para soltarse una flatulencia. Al parecer los ensotanados habían leído muy bien los manuales de La Escuela de las Américas[4]: nos alimentaban mal, nos hacían dormir peor; y cuando ya mostrábamos las consecuencias de esos castigos, es decir, cuando nuestra conciencia había rendido sus armas, procedían a una actividad de corte surrealista.
Ingresábamos a una capilla en ruinas, apagaban las luces, nos ordenaban cerrar los ojos y comenzaba el sonido monocorde de un guitarra: pin pan pon pun-pun, pin pan pon pun-pun, pin pan pon pun-pun…
Una voz cavernosa susurraba: Imagina que suena el timbre de salida y corres alegre hacia el patio. Pin pan pon pun-pun. Hablas con tus amigos, haces la formación y sales a la calle. Pin pan pon pun-pun. De pronto, cuando cruzas la avenida, el carro de tu papá viene más rápido de lo usual. Pin pan pon pun-pun. Se le ha vaciado los frenos. Pin pan pon pun-pun. ¡¡¡Y pun!!! Mueres atropellado.
Recuerdo que, en ese momento, varios compañeros se lanzaron a llorar. Pero otros nos mantuvimos firmes: tal vez confiábamos en que los bomberos de nuestra imaginación serían tan eficientes como los de la realidad.
Pin pan pon pun-pun, continuaban la guitarra y la voz. Ahora estás viendo tu propio funeral. Tu mamá sufre sin consuelo, porque ha perdido a su hijo, y su esposo (es decir, tu papá) está en la cárcel. Pin pan pon pun-pun. “¡¡¡Noooo!!!”, gritaron más compañeros. Pin pan pon pun-pun. Sin que lo decidas, un remolino de luz te envuelve y te conviertes en polvo. Pin pan pon pun-pun. Y apareces de nuevo, pero esta vez en la sala de un cine. Pin pan pon pun-pun…
–Ojala esté dando la de la Cicciolina y el burro –me dijo Carlos, mi amigo de por aquel entonces, y yo deseé que pasaran Bajos instintos o, por lo menos, Luna de hiel.
Pin pan pon pun-pun. Estás solo en el cine, acomodado en una butaca. Pin pan pon pun-pun. Y en la pantalla se proyectan… Pin pan pon pun-pun. Se proyectan cada una de tus acciones buenas. “¡¡¡¡Ooohhh…!!!!”, suspiran los amanerados. Pin pan pon pun-pun. Pero estas no son muchas. Pin pan pon pun-pun. Y la sala de cine se llena de todas las personas que has conocido en vida. Pin pan pon pun-pun.
–Uy chucha… –dice Carlos. Y en mi cabeza, al lado de mi butaca, veo a mi vecina de nariz respingada y piernas largas, Claudia, quien, a través de mis cortinas, despertaba movimientos furiosos de mi diestra. 
Pin pan pon pun-pun. Y en la pantalla están ahora… Pin pan pon pun-pun. Ahora tus malas acciones. Pin pan pon pun-pun. ¡¡¡Tus malas acciones!!! “¡¡¡¡Perdóname, Dios!!!!”, claman gargantas temblorosas. Pin pan pon pun-pun. Carlos ha hecho una mueca de espanto. ¡¡¡Tus malas acciones!!!  Y yo veo como Claudia me ve en pantalla grande y a todo color viéndola por mi ventana, mientras... Pin pan pon pun-pun. Mientras va y viene el mundo. “¡¡¡¡Perdóname, Dios!!!”.  Va y viene como un péndulo. Pin pan pon pun-pun. ¡¡¡Tus malas acciones!!! Va y viene con suavidad gracias a las cremas de mamá. Pin pan pon pun-pun. “!!!No me perdones, Dios!!!”. Va y viene con rapidez porque Claudita se agacha a recoger la pelota de vóley. ¡¡¡Tus malas acciones!!! Va y viene y parece que a Claudita le gusta que esté a punto de venirme. Pin pan pon pun-pun. Y por esas malas acciones te espera… Me vengo, que me vengo, que me vengo. Te espera el infierno. ¡¡¡El infierno!!! “¡¡¡No tengo perdón!!!”. Ahhh... ¡¡¡El infierno!!! Pin pan pon pun-pun.
Se encienden las luces. Como buen Meza Díaz, siempre cargo un pañuelo en el bolsillo. Me seco, y me invade la culpa. Carlos está de rodillas, pidiendo por el consuelo eterno. Emergen varios curas de la sacristía, se acomodan tras unos confesionarios de miniatura y aguardan. Mis compañeros corren en estampida a vomitar sus pecados. El primero de la clase trata de ser el primero hasta en la carrera para evitar el infierno. Se queda hora y media hablando con un cura. Carlos demora un poco más, porque al cura que le ha tocado le parece desconcertante la historia de la Ciccolina y el burro. La culpa me está aplastando. Pero se supone que Dios lo perdona todo. ¿O no?
De esa experiencia rescato algunas conclusiones. Primero, Dios lo perdona todo, incluso la humectación de su casa. Segundo, los curas a veces no perdonan (el que me escuchó la confesión me sacudió el rostro de una cachetada). Por último, de lo que disfruto es de una parafilia aún no clasificada[5], la cual, según mi psicóloga, sería un interesante tema de análisis para National Geographic.
Años después, cuando había terminado por fin mis estudios de derecho, caminaba por la avenida San Borja Sur, dirigiéndome al cumpleaños de un amigo poeta. De pronto, en la vereda se dibujó la silueta de un sujeto que, pese a su juventud  y el terno elegante que vestía, arrastraba los pies como quien carga una cruz de granito. Era Carlos, mi viejo amigo. Nos abrazamos, recordamos nuestros apodos e iniciamos el recuento de lo que habían sido nuestros días hasta ese momento. Le solté mis pequeños logros y grandes tristezas. Él me detalló sus triunfos económicos y su derrota sentimental. Se había sumado al Opus Dei luego de ese nefasto retiro espiritual, se casó con la hija de un antiguo miembro de la obra y consiguió un enorme capital de trabajo: el mencionado suegro era el importante directivo de una minera. Todo iba a la perfección, pero Carlos nunca pudo olvidar a la Ciccolina y el burro. Sobre todo al burro. Hubo un escándalo. Lo maldijeron. Perdió sus comodidades. Se volvió en menos que cero. Sin embargo, fuerzas invisibles lo seguían obligando a su matrimonio infeliz.
–Opus Dei significa obra de Dios –me dijo, presionando la quijada–. Pero el Opus Dei no es eso. Es lo peor de Dios.
–…
–Es el pus de Dios.   
Intercambiamos números de celular, pero sabíamos que nunca nos buscaríamos. Le di un apretón de manos y me retiré pensando que, quizás, sería justo comprar una vieja iglesia del Opus Dei para proyectar en ella Bajos Instintos o Luna de Hiel o La Ciccolina y el burro o Las colegiales y el mango del martillo o…



[1] Llegué a esta conclusión gracias a una larga charla con mi amigo Renzo Honores. Desde acá, un abrazo de agradecimiento.
[2] Si algo me enorgullece de haber estudiado en el San Agustín es justamente eso: no terminé de pagar las pensiones que adeudaba de cuarto de media. Quinto lo estudié en un precario colegio de la avenida Arequipa (colegio en el que fui feliz), y mi papá recurrió a la argucia criolla para sonsacarles a los curas mis certificados de estudios. Los curas creyeron que les pagaríamos en unos meses. Ya han pasado más de catorce años. La deuda ha prescrito. Estimado padre director del colegio San Agustín, uno de estos días paso por el banco para hacerle un depósito de billetes del Monopolio.  
[3] He sido testigo de la mutación que puede ocasionar el trance del retiro espiritual. Tuve compañeros que, al volver a casa, empezaron a comportarse como Rambo o Gollum.
[4] La Escuela de las Américas es la institución creada por EE.UU. que se volvió famosa por diseñar el Plan Cóndor. Gracias a esta escuela hemos tenido en Latinoamérica personajes tan asquerosos como Pinochet, Videla o, en nuestro país, Vladimiro Montesinos.
[5] A los señores y señoritas encargados de hacer listas de rarezas sexuales: por favor, no olviden incluir la mía y, si es posible, bautícenla con mi nombre. Gracias.




martes, 23 de agosto de 2011

El Mensaje Divino


(Este cuento lo publiqué en mi primer libro, Tres Giros Mortales. Ahora lo comparto con ustedes con el siguiente añadido: está dedicado al Cardenal Juan Luis Cipriani).

Agotado por el trajín del viaje, el Sumo Sacerdote se acercó a la ventana de su lujosa habitación de hotel: bajo el sofocante sol de verano, la plaza central mostraba árboles densos y jardines bien cuidados; los carros avanzaban insertos en un tráfico tedioso; los edificios antiguos destacaban frente a las construcciones de vanguardia haciendo de la zona una miscelánea arquitectónica. Más allá, tras policías de firme semblante, una masa de gente multicolor aguardaba con expectativa su pronta aparición. “Todo lo que hacen por el perdón de sus pecados”, pensó el Sumo Sacerdote, moviendo la cabeza de un lado a otro. De repente, unos golpes de nudillos llamaron su atención, y se volvió hacia la puerta, por donde ingresaba su acompañante, el Obispo.

–Disculpe, Sumo Sacerdote, si interrumpo sus reflexiones –dijo,  ejecutando un ademán reverencial.

–No se preocupe. Estaba ojeando a la multitud. Dígame, ¿qué desea?

–Soy portador de una noticia que lo sorprenderá.

Con siete décadas a cuestas, el Sumo Sacerdote no se sorprendía por casi nada. Había recorrido el mundo varias veces, tanto en sus años de laico como en sus recientes días, en los que estaba a la cabeza de La Iglesia. En estos viajes, como un aventurero de profesión, había visto de todo, desde sociedades muy modernas, hasta comunidades ancladas en el primitivismo. Pero sus ojos no solo contemplaron lo vasto, sino también detalles sui generis: rarezas humanas (niños bicéfalos, castratis lujuriosos, ancianos zoomorfos, etcétera) que las personas le enseñaban con orgullo.

–¿Y cuál es esa noticia? –preguntó el Sumo Sacerdote.

–Le he traído un cura que transmite la palabra de Dios –respondió el Obispo, entusiasmado.

El Sumo Sacerdote se mantuvo imperturbable. Debido a su investidura, estaba acostumbrado a que, en cada lugar al que llegaba, le presentaran hombres o mujeres que eran, en apariencia, capaces de obrar milagros. Aún recordaba a la vieja histérica que aseguraba llorar sangre, y al tipo de retórica ostentosa que prometía curar la ceguera con legaña de perro. Por supuesto, ambos casos resultaron ser un fraude, como los muchos que había tenido que observar. Y ahora, sin ninguna duda, aquel cura sería de la misma calaña de esos charlatanes.

–¿No sería mejor dejar lo del Cura para después? –dijo el Sumo Sacerdote.

–No. Le prometo que no se arrepentirá.

–Hmmm…

–Verá algo grandioso.

–Está bien. Hágalo pasar. Pero dígale que sea breve.

–Gracias –dijo el Obispo y, con un gesto rápido, llamó a su secretario para que trajera al Cura.

Mientras esperaba, el Obispo se sintió en las nubes. Luego de tres décadas de búsqueda, había encontrado por fin un prodigio. Se arregló la sotana y respiró hondo: se imaginaba las felicitaciones de sus colegas. “Lo he logrado”, pensó. “He conseguido un verdadero milagro”.

–Y dígame –mencionó el Sumo Sacerdote–. ¿Cómo habla Dios a través del Cura?

–Es algo extraño –soltó el Obispo, con una sombra de vergüenza en los ojos–. Dejaré que él mismo se lo explique.

A primera vista, el Cura no lucía ningún rasgo especial. Como cualquier  persona de su edad, tenía una calvicie extendida, un rostro atravesado por arrugas, y el vientre henchido y esponjoso de los cerveceros. Sus ropas eran un hábito marrón y una cuerda de gruesos nudos que hacía las veces de correa. Aunque el Obispo le había invitado a sentarse, permanecía en una postura de militar en formación. Inexplicablemente, aguantaba el aliento presionando los labios con fuerza.

–A ver tú –dijo el Sumo Sacerdote–. ¿Cómo haces entrever los deseos de Dios?

El Cura se acercó al Obispo y le soltó algunas palabras en la oreja. De inmediato, el Sumo Sacerdote alteró su semblante. Si había algo que no soportaba era el chisme. Como sombras por la tarde, este se expandía por varios sectores de La Iglesia. Más que un lugar de reflexión, la Sagrada Sede era una olla de grillos. Los correveidiles abundaban (especialmente en los grupos de poder), y se expresaban de la misma forma en que lo hicieron el Cura y el Obispo: entre susurros.

“Maledicentes. Perversos. Infames”, sentenció el Sumo Sacerdote, y escupió: –¡Cuál es el chisme!

–Ninguno –trató de calmarlo el Obispo–. Sucede que el Cura aún no está preparado.

–¡¡¡¿Acaso necesita de inspiración?!!!

–No. No es eso.

Rascándose la barbilla, el Sumo Sacerdote empezó a caminar por los bordes de una alfombra. Su impaciencia se dilataba, y un tic alborotó sus párpados. Sentenció: el Obispo era un ingenuo. “¿Cómo lo había engañado el Cura? ¿Cómo no se daba cuenta del fraude? ¿Cómo lo había traído? ¿Cómo podía ser tan estúpido?”.

–Es usted un estúpido –le disparó el Sumo Sacerdote al Obispo. Y, fastidiado por su incontinencia, agregó: –¿Por qué me ha traído al Cura?

–Se lo reafirmo: el Cura es un intermediario de Dios.

El Obispo se sintió salpicado por la humillación. Sin embargo, no se arrepintió de su búsqueda de manifestaciones concretas de Dios, pues había asumido desde hacía mucho que era su sentido de vida. “Quizás sería mejor ser menos afanoso”, reflexionó. “Además de apurar al Cura”. Y, con voz grave, le dijo: –¿Por qué Dios no se pronuncia de una buena vez?

El Cura abrió la boca de par en par, pero no articuló una sílaba. Como si fuera un poseso, incrustó la mirada en el vacío. Una excitación creciente lo atrapó: bailaba algo semejante a una danza báquica. Agitaba sus brazos y piernas con ritmo vertiginoso, tiraba su cabeza para adelante y atrás, parecía recibir latigazos invisibles. En medio de su trance, soltó un murmullo: –Ya viene. Ya viene.

Con la cabeza latiéndole, el Sumo Sacerdote hirvió de enfado. “Este Cura es un sinvergüenza. ¿Quién se creía para venir ante mí y bailar como loco?”, caviló. “¿O es un payaso?”. Apelando a sus escazas fuerzas, tiró del hombro del Cura y lo emplazó con un grito a volver en sí. El Cura ni se percató. Estaba sumergido en el vértigo. “Ni siquiera es gracioso”, pensó el Sumo Sacerdote. “¡Este Cura maldito no se ganaría la vida ni en un circo!”.

–¡Basta! ¡¡¡Esto es estúpido!!!

–Se equivoca –intervino el Obispo–. Lo que ve es parte del milagro.

Sin mover una ceja, el Obispo mantenía un rostro firme como piedra. Al igual que el director de una puesta en escena, observaba con atención los sucesos, pero no soltaba ningún comentario al respecto. Estaba seguro de que, de un momento a otro, se realizaría el milagro. “Cuestión de minutos”, pensó. “Y ahí veré la cara del Sumo Sacerdote”. Satisfecho, cruzó los brazos.

El Cura, siguiendo unas pautas incomprensibles, detuvo su baile. Estaba cansado: sudaba copiosamente y sus piernas se doblaban. Luego de lanzar un suspiro, se acuclilló, recogió su hábito y se quitó la ropa interior.

–Pero… –se sorprendió el Sumo Sacerdote–. ¡¡¡Qué hace!!!

–Cálmese –dijo el Obispo–. Es el milagro.

Pasmado, el Sumo Sacerdote se llevó la mano al pecho. Un rayo proveniente del núcleo de su ser le provocó dolores agudos. Mientras sus brazos endurecían como yunques, un sudor frío le traspasaba el cuerpo y un mareo incontrolable le hacía temblar. El Obispo se alarmó y acudió en su ayuda.

–¿Le ocurre algo? ¿Desea un vaso con agua?

–No, estoy bien… Pero, ¿qué diablos sucede?

–Cálmese, por favor.

“No, esto no es verdad”, pensó el Sumo Sacerdote, dejando caer la mandíbula. “¡El Cura está desnudo!”. En muchas ocasiones, había observado a embaucadores que prometían cualquier magia, con tal de ser señalados como realizadores de milagros. Le habían dicho, entre otras cosas, que podían convertir el agua salada en un líquido bebible, que eran capaces de hacer conversar sobre cualquier tema a dos caballos chúcaros, y que, en el exceso de lo imaginable, sabían la forma de lograr el embarazo en un hombre. Obviamente, todo era falso. Pero ninguno de los mentirosos, aun los más avezados, se había bajado los calzoncillos para intentar lograr su cometido.

El sacerdote pujó con fuerza y soltó un sonoro pedo.

–¡¡¡No puede ser!!! –gritó el Sumo Sacerdote. Con velocidad desbocada, algo no paraba de latir en su interior–. ¡Esto es un escandalo!

–Todo está bajo control –dijo el Obispo–. Ya ha iniciado el milagro.

“No he visto algo semejante ni en Flandes”, concluyó el Sumo Sacerdote. En sus viajes por los cinco continentes, había observado a miles de poblaciones. Todas, más allá de sus inherentes particularidades, tenían algo en común: los defectos que naturalmente acarrea el ser humano. Pero, además de esta constante, encontró una realidad que en un principio lo horrorizó, pero que luego vio como cualquier simpleza. En cada uno de los parajes del ancho orbe, siempre había un individuo de cuerpo y/o espíritu extranaturales. Él, como un científico, los examinaba con calma (veía si funcionaban sus tres ojos, si eran capaces de seguir matando luego de eliminar a su familia o si podían andar pese a no tener miembros superiores ni inferiores, por ejemplo) y, finalmente, los echaba de su lado, porque no mostraban nada nuevo. Pero este Cura, de comportamiento tan agraviante, lo había dejado en verdad estupefacto: era un completo anormal, porque, persiguiendo la ejecución de un milagro, se había lanzado otro pedo y ahora empezaba a cagar.

El Sumo Sacerdote hizo un gesto de amargura indescifrable y, señalando la puerta de salida, gritó: –¡¡¡Largo de aquí, Cura asqueroso!!!

Vistiéndose con dificultad, el Cura dio algunos pasos y resbaló. En seguida, se puso de pie y continuó su camino.

–Y tú –gritó el Sumo Sacerdote, dirigiéndose al Obispo–. Da por hecho que tu carrera religiosa ha terminado.

–Perdóneme, por favor, Sumo Sacerdote –murmuró el Obispo, y se retiró a su aposento con paso triste.

***
Tratando de relajarse, el Sumo Sacerdote se asomó de nuevo por la ventana. “Cura de mierda…”, reflexionó, “Me ha producido hincones”. En la plaza central, los jardines se mostraban manchados por unas rectas y círculos marrones; pese a que el semáforo indicaba luz verde, los carros se habían detenido y formaban una congestión de varias cuadras; en los edificios, había pequeñas caras congeladas en un gesto atónito. En medio del bullicio, la masa de gente corría espantada por las calles. “¡Dios mío! ¡Pero qué sucede!”, se impresionó el Sumo Sacerdote y, cuando aguzó la vista, sintió que en su tórax algo estallaba.
***
En la plaza central, dominado por la voluntad de Dios, el Cura trazó con los desperdicios de su vientre, que salían de su trasero de un modo industrial, varias palabras de dimensiones gigantescas. Solo desde una altura pronunciada (un helicóptero en vuelo, el último piso de un rascacielos, un mirador ubicado en la cumbre de un cerro, etcétera) pudo leerse la información divina: como dijo Mc Luhan, el medio es el mensaje.